El gran reto pendiente: convertir la ciencia biomédica en industria y valor

Last Updated: 15/10/2026By Tags:

España investiga e invierte cada vez más en I+D+i biomédica. Y ocupa posiciones de liderazgo internacional en ámbitos como la investigación clínica. Son buenas noticias. Pero hay una pregunta relevante e incómoda que deberíamos hacernos:  ¿Estamos convirtiendo suficientemente ese esfuerzo investigador en industria, empleo cualificado, propiedad intelectual y capacidad de decisión?

Porque aumentar la financiación de la I+D+i biomédica es necesario, pero no suficiente. Si no cambia también el criterio con el que seleccionamos, gestionamos y evaluamos esa inversión, podemos estar financiando más actividad sin generar proporcionalmente más impacto.

Y ahí reside uno de los grandes retos de nuestro sistema de investigación e innovación.

España investiga, y lo hace bien

Los datos disponibles más recientes permiten partir de una posición razonablemente optimista. Según el INE, el gasto español en I+D interna alcanzó los 23.931 millones de euros en 2024, un 6,9% más que el año anterior y equivalente al 1,50% del PIB. En biotecnología, el crecimiento fue todavía mayor: un 14,4%, hasta alcanzar los 3.144 millones de euros.

La investigación clínica constituye probablemente uno de nuestros mayores casos de éxito. En 2025, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios autorizó 962 ensayos clínicos con medicamentos, manteniendo a España como líder de la Unión Europea. Especialmente relevante es que alrededor de una cuarta parte del total de los ensayos correspondieron a fases I o I/II, precisamente aquellas en las que comienza el desarrollo clínico de los nuevos medicamentos.

La inversión de la industria también continúa creciendo. Farmaindustria estima que las compañías farmacéuticas destinaron 1.775 millones de euros a I+D en España en 2025, un 40% más que cinco años antes, y más de 1.000 millones se dirigieron a ensayos clínicos.

Además, es un hecho que tenemos grandes hospitales de referencia, buenos investigadores, profesionales sanitarios altamente cualificados, un sistema público que facilita el acceso a pacientes y una creciente cultura de colaboración con la industria. Y por eso, precisamente, deberíamos elevar nuestra ambición.

Tener ensayos clínicos no significa necesariamente tener industria

Un ensayo clínico genera conocimiento, inversión y acceso temprano a tratamientos innovadores. Todo ello tiene un enorme valor sanitario y científico.

Pero existe una diferencia estratégica entre ser un excelente lugar donde investigar un medicamento y ser también un lugar donde desarrollar la empresa que lo crea, proteger su propiedad intelectual, financiar su crecimiento, fabricarlo y tomar las decisiones corporativas sobre su futuro.

Europa comienza a reconocer este problema. La Estrategia Europea de Ciencias de la Vida presentada en 2025 admite que, pese a disponer de una extraordinaria base científica, Europa está perdiendo terreno frente a otros competidores a la hora de convertir investigación en soluciones, empresas y crecimiento económico.

España reproduce esa paradoja, pues la Comisión Europea continúa identificando desde hace años una importante brecha entre nuestra buena producción científica y nuestra capacidad para trasladarla al tejido empresarial. Tenemos ciencia. Tenemos investigación clínica. Tenemos talento. Pero todavía necesitamos mejorar nuestra capacidad para convertir todo ello en innovación escalable.

El problema no es solamente cuánto financiamos

Durante muchos años, buena parte del debate sobre I+D+i se ha concentrado en una variable: cuánto invertimos. Naturalmente debemos invertir más. España todavía dedica a I+D un porcentaje del PIB inferior al de algunas de las economías europeas más intensivas en conocimiento.

Pero el debate realmente estratégico debería incorporar otra pregunta: ¿Qué esperamos obtener de cada euro invertido?

Si como hasta ahora, los incentivos del sistema premian principalmente la ejecución presupuestaria, el número de proyectos, las publicaciones o la captación de fondos públicos, esos serán los resultados que obtendremos.

Si queremos transferencia, patentes explotadas, spin-offs, scale-ups, ensayos tempranos, fabricación avanzada, inversión privada y empleo altamente cualificado, debemos incorporar esos objetivos desde el diseño de las políticas de financiación.

No significa sustituir ciencia básica por investigación aplicada. Sería un error. Significa construir mejores puentes entre ambas y aceptar que la transferencia no sucede espontáneamente al final de una investigación. Debe diseñarse desde el principio.

Del proyecto al activo estratégico

Necesitamos evolucionar desde una lógica basada fundamentalmente en financiar proyectos hacia otra capaz de construir activos y capacidades.

Esto implica seleccionar también por potencial de impacto; profesionalizar la transferencia tecnológica; incorporar conocimiento regulatorio, empresarial y de mercado desde fases tempranas; facilitar financiación para escalar; conectar hospitales, universidades, centros tecnológicos, empresas e inversores; y acompañar los proyectos durante un periodo suficientemente largo como para atravesar el “valle de la muerte” de la innovación, es decir, la fase crítica de alto riesgo y flujo de caja negativo que se sitúa entre la investigación y desarrollo de una tecnología y su comercialización o producción industrial a gran escala.

Los últimos datos disponibles muestran que existe una base sobre la que construir. Según la Asociación Española de Bioempresas, el sector biotecnológico español invirtió alrededor de 1.460 millones de euros en I+D en 2024, y en 2025 alcanzó un récord de captación de capital superior a 400 millones de euros. Además, su actividad genera ya un impacto estimado de más de 158.000 empleos.

El reto es conseguir que estos indicadores dejen de representar únicamente un sector emergente y se conviertan en una verdadera política industrial de país.

De la investigación clínica a la cadena de valor

Aquí España tiene una oportunidad especialmente interesante. Nuestro liderazgo en ensayos clínicos no debería considerarse el punto de llegada, sino una ventaja competitiva desde la que construir una cadena de valor mucho mayor.

Podemos utilizar ese ecosistema para atraer centros de decisión, investigación preclínica y traslacional, desarrollo de terapias avanzadas, infraestructuras de datos, bioinformática, producción farmacéutica y biotecnológica, y nuevas compañías capaces de competir internacionalmente.

Esto requiere que las políticas sanitaria, científica, industrial, fiscal y de formación de talento dejen de funcionar como compartimentos separados. La I+D+i biomédica es simultáneamente política científica, sanitaria e industrial.

Cambiar también cómo medimos el éxito

Sin duda, necesitamos revisar nuestros indicadores actuales. Número de proyectos financiados, publicaciones, patentes registradas o ensayos clínicos son métricas necesarias. Pero deberían convivir con otras: inversión privada inducida, tecnologías transferidas, patentes licenciadas, empresas creadas y escaladas, fabricación atraída, empleo cualificado generado o capital internacional movilizado.

Una política de I+D+i verdaderamente madura no debería preguntarse únicamente cuánta investigación produce, sino cuánto conocimiento consigue transformar en valor.

Reflexión final

España ha demostrado que puede convertirse en uno de los mejores países del mundo para realizar investigación clínica y biomédica. El siguiente salto consiste en aprovechar esa posición para construir más industria alrededor de ella.

Para conseguirlo, es fundamental seguir aumentando la inversión. Pero, sobre todo, necesitamos elevar la ambición con la que decidimos dónde invertirla, cómo gestionarla y qué esperamos obtener de ella.

Porque financiar más I+D+i es importante. Convertirla en conocimiento de valor, salud, industria y futuro lo es todavía más.

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