“Clases sociales” y equidad en sanidad
Es aceptado por todos, en general, que la profesión médica ha sufrido un descenso notable en su percepción de “clase” por la sociedad, desde un concepto de nivel muy alto en función de su sabiduría (no sus ingresos), hasta la aceptación hoy de que estudiar Medicina es “una carrera más”.
Empoderar al paciente era algo, y es, imprescindible, y se está haciendo, en general, muy bien.
El problema es que se están calculando mal los beneficios, llegando a pensar que los ciudadanos pueden igualar los conocimientos de los profesionales sanitarios. Y estos se han mezclado con la población compartiendo demasiadas actividades.
Muchos lo piensan realmente.
Y esta aberración está causando un deterioro enorme, devaluando los valores y conocimientos de estos y su nivel social.
Pues, sobre este tema, voy a comentar algunos puntos de vista, en esta vuelta de las vacaciones estivales. De forma rápida y tratando la “clase” de los médicos y los pacientes, con algunos agentes intermedios.
Es un tema profundo, y rompo esa tradición que todos tenemos de “ir incorporándonos poco a poco a la normalidad laboral”, que nunca he compartido ni entendido.
Desde que, en época ya muy lejana, empecé a trabajar en el sector sanitario, la palabra “clase” la he oído, repetidamente, en diferentes ambientes.
Así, recuerdo que, a los profesionales licenciados en Medicina se les llamaba “la clase médica”, o a los pacientes muy pobres, sin recursos económicos, se les decía “la clase menesterosa”, en el otro extremo.
Conservo, incluso, en mi pequeño museo de recuerdos, multitud de testimonios escritos de ambas acepciones, aunque no puedo sustraerme a recordar, un escrito de agradecimiento a donaciones privadas para la ejemplar labor asistencial benéfica de su fundación, que me regaló, personalmente, el Profesor Joaquín Barraquer, hace ya más de veinte años.
En él coexisten ambas, como lo más natural del mundo porque, por supuesto, existía una falta de equidad, pero quizás el nivel de aceptación medio de la población era mejor que actualmente. Y sus razones habría, y nos las explicarían los sociólogos de ambas épocas.
‘Las desigualdades sociales en salud constituyen diferencias sistemáticas, evitables e injustas, entre distintos grupos de población’
De ello hemos pasado a que, ya ahora, en España, bastantes años después, en los conflictos sanitarios, se habla de los “sindicatos de clase” (los que también intervienen en cualquier otro sector, inmediatamente involucrados, y alineados, por presupuesto, con el gobierno de izquierdas correspondiente), y de los sindicatos profesionales.
Bien, adentrémonos un poco más en el tema.
El concepto de «clase» constituye una de las categorías fundamentales para comprender las desigualdades en salud, y el funcionamiento de los sistemas sanitarios que siguen produciéndose crónicamente.
Aunque la enfermedad afecta potencialmente a toda la población, la evidencia científica demuestra que la distribución de la salud, la enfermedad y el acceso a los recursos sanitarios, está profundamente condicionada por la posición socioeconómica de las personas.
En este sentido, la clase social representa un determinante estructural que influye en las oportunidades de vivir una vida saludable, acceder a una atención sanitaria de calidad, y obtener mejores resultados en términos de salud. En España y en cualquier lugar del mundo, incluidos los países comunistas.
Desde la perspectiva de la salud pública, la sociología y la economía de la salud (que es la que estamos aceptando ahora), la clase social no hace referencia únicamente al nivel de ingresos, sino que engloba múltiples dimensiones relacionadas con la ocupación, el nivel educativo, el patrimonio, el poder, el prestigio social, y la capacidad de acceder a recursos materiales y simbólicos.
Estas dimensiones configuran diferentes condiciones de vida que repercuten directamente en la exposición a factores de riesgo, la adopción de hábitos saludables y la utilización de los servicios sanitarios.
Luego, “la clase social” puede definirse como la posición que ocupan los individuos dentro de la estructura socioeconómica de una sociedad. Esta posición determina el acceso a recursos económicos, oportunidades educativas, empleo, vivienda, redes sociales y poder político.
Desde una perspectiva clásica, Karl Marx entendía la clase social como la relación de los individuos con los medios de producción. Según este enfoque, la sociedad se divide, principalmente, entre quienes poseen los medios de producción y quienes venden su fuerza de trabajo. Esta desigual distribución del poder económico genera inequidades muy marcadas, que también se reflejan en la salud.
Por otro lado, Max Weber amplió y mejoró notablemente el concepto, incorporando elementos como el prestigio social y las oportunidades de mercado. Para Weber, las diferencias entre educación, ocupación e ingresos determinan distintas probabilidades de acceder a bienes y servicios, incluyendo los sanitarios.
Actualmente, la investigación en salud pública utiliza indicadores multidimensionales para medir la clase social, considerando variables como el nivel educativo, la ocupación profesional, los ingresos familiares, la situación laboral, las condiciones de vivienda, el patrimonio económico o el entorno social, de forma próxima a lo que decía Weber.
Estos indicadores permiten identificar grupos sociales con diferentes niveles de vulnerabilidad sanitaria.
La OMS, además, amplía que las personas pertenecientes a clases sociales desfavorecidas presentan una mayor probabilidad de sufrir enfermedades cardiovasculares, diabetes, obesidad, enfermedades respiratorias crónicas, trastornos mentales, y una menor esperanza de vida.
Estas diferencias no responden únicamente a comportamientos individuales, sino a desigualdades estructurales que limitan las oportunidades para mantener una buena salud.
Las desigualdades sociales en salud constituyen diferencias sistemáticas, evitables e injustas, entre distintos grupos de población.
Diversos estudios epidemiológicos han demostrado la existencia de un gradiente social de la salud. Este concepto indica que la salud mejora progresivamente conforme aumenta la posición socioeconómica.
Por ejemplo, las personas con mayor nivel educativo suelen fumar menos, realizar más actividad física, consumir dietas más saludables, participar en programas preventivos, o acceder antes al diagnóstico de enfermedades.
En cambio, los grupos sociales más vulnerables presentan mayor exposición a trabajos peligrosos, más desempleo, peores condiciones de vivienda, mayor contaminación ambiental, más estrés económico y menor acceso a recursos preventivos.
Como consecuencia, aparecen diferencias importantes en la incidencia y mortalidad de numerosas enfermedades.
En los sistemas sanitarios públicos, como el español, el acceso universal ha reducido parte de las desigualdades económicas.
Sin embargo, continúan existiendo diferencias relacionadas con la clase social, motivadas por la existencia de gastos asociados como, por ejemplo, los medicamentos, el transporte, los cuidados informales, determinados tratamientos no financiados, u otras barreras relacionadas con la zona de residencia, la alfabetización en salud, o los procedimientos burocráticos.
Y, específicamente, volviendo a los profesionales sanitarios, estos desempeñan un papel esencial en la identificación de esas desigualdades relacionadas con la clase social e, incluso, la práctica clínica actual incorpora, cada vez más, el enfoque biopsicosocial, que considera no solo la enfermedad, sino también las circunstancias sociales del paciente.
La coordinación entre los servicios sanitarios y los servicios sociales permite ofrecer una atención más integral y adaptada a las necesidades reales de cada persona.
Asimismo, los profesionales sanitarios pueden participar en actividades comunitarias orientadas a mejorar la salud de poblaciones vulnerables.
Pues, si los profesionales sanitarios tienen un papel tan importante en el logro de la equidad sanitaria entre los ciudadanos, ¿por qué no se empieza a mejorar el sistema sanitario devolviéndoles su prestigio y posición social de hace años?
Recuperar el merecido respeto que merece una persona de altos conocimientos en alguna materia.
Porque una lectura muy rápida, y no rigurosamente exacta, diría que los profesionales sanitarios han pasado de ser considerados una “clase”, a verse privados de este sello.
Si ello significaba un privilegio, desde luego hoy no existe. Económicamente todo el mundo sabe que, actualmente, la mayor parte de estos profesionales sindicalistas sin ejercicio ganan más dinero que los médicos, u otros profesionales sanitarios de tipo medio, porque el concepto de “obrero” (factor de producción), ha cambiado de acera.
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