Ceuta, una frontera también sanitaria
Las fronteras suelen analizarse desde la geografía, la seguridad, la economía o la política. Sin embargo, cuando un movimiento migratorio se produce de forma intensa y concentrada en el tiempo, existe otra frontera que adquiere inmediatamente protagonismo: la sanitaria.
Lo ocurrido recientemente en Ceuta constituye un ejemplo especialmente significativo. Más allá de cualquier interpretación política sobre las causas o la gestión de los movimientos migratorios, existe una realidad objetiva para los profesionales sanitarios: en cuestión de horas o días, un sistema diseñado para atender a una población determinada debe responder también a las necesidades de un número elevado de personas que llegan en condiciones muy diferentes y, en muchos casos, después de trayectos marcados por la incertidumbre, la exposición ambiental, el cansancio, la falta de descanso o la interrupción de cuidados previos.
Durante el primer mes del dispositivo sanitario especial desplegado en Ceuta, entre el 31 de julio y el 31 de agosto de 2026, el Instituto Nacional de Gestión Sanitaria (INGESA) contabilizó 10.725 asistencias sanitarias a población migrante, con una media de 335 cada día. El 60% fueron atendidas desde dispositivos de Atención Primaria y el 40% desde las Urgencias del Hospital Universitario de Ceuta. Además, INGESA reforzó los turnos de Urgencias hospitalarias con dos médicos, dos enfermeras y dos técnicos en cuidados auxiliares de enfermería por turno.
Son cifras que permiten comprender la magnitud sanitaria del fenómeno.
Porque cuando miles de personas atraviesan una frontera, no solo cambia temporalmente la demografía de un territorio. También cambian las necesidades asistenciales, la organización de los centros de salud, la actividad de las urgencias, los programas preventivos y la carga de trabajo de los profesionales.
Y en ese escenario, enfermería ocupa una posición esencial.
La migración también es un determinante de salud
Hablar de salud migratoria requiere empezar desmontando una idea demasiado extendida: migración no es sinónimo de enfermedad.
La Organización Mundial de la Salud recuerda que refugiados y migrantes son, en general, personas sanas. Sin embargo, pueden presentar mayor riesgo de deterioro de su salud durante el desplazamiento o después de llegar al país de destino debido a las condiciones del viaje, la precariedad del alojamiento, las dificultades para acceder a servicios sanitarios, las barreras lingüísticas o la interrupción de tratamientos previamente establecidos.
Por tanto, no es necesariamente el lugar de procedencia lo que determina el estado de salud, sino las circunstancias que rodean al proceso migratorio.
Horas caminando, exposición prolongada al calor o al frío, dificultades para conseguir agua o alimentos, hacinamiento, lesiones durante el trayecto, falta de sueño, ansiedad, pérdida de medicación habitual o desconocimiento sobre cómo acceder al sistema sanitario pueden convertir problemas inicialmente menores en necesidades asistenciales relevantes.
La migración debe entenderse, así como un determinante social de la salud.
Una persona con hipertensión no deja de ser hipertensa al atravesar una frontera. Un paciente diabético continúa necesitando su tratamiento. Una mujer embarazada sigue requiriendo controles. Un niño mantiene sus necesidades de vacunación. Una herida mal curada continúa teniendo riesgo de infección. Y un paciente con una enfermedad crónica puede llevar días o semanas sin acceder a su medicación habitual.
Desde la perspectiva enfermera, esta visión resulta fundamental porque obliga a mirar más allá del motivo inmediato de consulta.
La pregunta no es únicamente ¿qué le ocurre?
También importa saber de dónde viene, cuánto tiempo lleva viajando, qué medicación tomaba, cuándo comió por última vez, si ha dormido, si presenta heridas, si dispone de documentación sanitaria, si conoce sus antecedentes médicos o si existe alguna persona dependiente a su cargo.
Es precisamente ahí donde la valoración enfermera adquiere toda su dimensión.
Del triaje a la valoración integral: el papel de la enfermería
En situaciones de incremento brusco de la demanda sanitaria, el triaje constituye uno de los primeros mecanismos para organizar una respuesta segura.
Pero triaje no significa simplemente clasificar pacientes.
Significa identificar rápidamente quién necesita atención inmediata, quién puede esperar, qué situaciones aparentemente leves pueden ocultar complicaciones y qué pacientes presentan factores de especial vulnerabilidad.
En una población recién llegada pueden encontrarse problemas muy diversos: heridas y traumatismos, deshidratación, agotamiento físico, alteraciones cutáneas, infecciones respiratorias, problemas gastrointestinales, dolor, descompensaciones de patologías crónicas o necesidades relacionadas con salud sexual y reproductiva.
A ello hay que añadir determinados grupos que requieren una valoración especialmente cuidadosa: menores, mujeres embarazadas, personas mayores, pacientes con discapacidad, personas con enfermedades crónicas o quienes presentan signos de sufrimiento emocional intenso.
La enfermera se convierte muchas veces en el primer profesional que establece un contacto sanitario prolongado con estas personas.
Realiza constantes vitales, identifica signos de alarma, valora hidratación y estado nutricional, revisa lesiones, administra tratamientos, realiza curas, detecta necesidades preventivas y decide, dentro del trabajo interdisciplinar, qué pacientes requieren valoración médica u hospitalaria.
Pero existe además algo difícilmente cuantificable y absolutamente esencial: la observación clínica.
Una persona puede no saber explicar que está deshidratada. Puede desconocer el nombre del medicamento que toma. Puede no recordar el diagnóstico concreto de una enfermedad. Incluso puede existir una barrera idiomática que imposibilite obtener una anamnesis convencional.
En ese contexto, observar el nivel de conciencia, la respiración, el color de la piel, la movilidad, la presencia de fiebre, las lesiones, el estado general o determinados cambios de comportamiento se convierte en información clínica de enorme valor.
Atención primaria: contener la presión antes de que llegue al hospital
Uno de los datos más interesantes de la respuesta desarrollada en Ceuta es precisamente que seis de cada diez asistencias a población migrante durante el primer mes fueron realizadas en Atención Primaria.
No es un dato menor.
Cuando se produce una emergencia asistencial existe el riesgo de concentrar toda la demanda en los servicios hospitalarios. Si eso ocurre, las urgencias pueden saturarse rápidamente y dificultar la atención tanto de la población recién llegada como de los pacientes que utilizan habitualmente el sistema sanitario.
La Atención Primaria actúa entonces como una auténtica barrera de contención.
Permite resolver patologías leves, efectuar curas, administrar tratamientos, realizar controles, desarrollar actividades preventivas y detectar aquellos casos que realmente requieren derivación hospitalaria.
El propio INGESA ha señalado que, tras la puesta en marcha de alojamientos donde se proporciona asistencia médica básica, comenzó a observarse una reducción de las asistencias en el Hospital Universitario de Ceuta.
Esta experiencia pone de manifiesto una cuestión aplicable a cualquier emergencia de salud pública: no siempre se protege un hospital aumentando exclusivamente los recursos hospitalarios; muchas veces se protege fortaleciendo aquello que existe antes del hospital.
Y ahí Atención Primaria tienen un papel decisivo.
Organizar circuitos asistenciales adecuados, resolver necesidades básicas cerca del lugar donde se encuentra la población y evitar desplazamientos innecesarios hacia urgencias mejora la eficiencia y permite reservar el hospital para aquellos pacientes que realmente necesitan cuidados especializados.
Prevención y vacunación: cuidar antes de que aparezca la enfermedad
Una respuesta sanitaria eficaz no puede limitarse a atender problemas cuando ya han aparecido.
También tiene que prevenirlos.
Las personas que llegan de otros países pueden disponer de calendarios vacunales diferentes, registros incompletos o simplemente desconocer qué vacunas han recibido previamente. En otros casos, las dificultades sufridas durante el desplazamiento han provocado interrupciones de los programas preventivos.
El Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades señala que determinados grupos de migrantes recién llegados pueden beneficiarse de programas dirigidos de cribado y vacunación, siempre adaptados a la edad, país de origen, antecedentes y factores individuales de riesgo. El organismo insiste además en que los migrantes no constituyen de manera general una amenaza sanitaria para la población receptora.
Esta última idea resulta especialmente importante.
Relacionar automáticamente migración con enfermedad infecciosa no solo carece de rigor, sino que puede generar estigma y dificultar precisamente aquello que desde salud pública se intenta conseguir: que las personas accedan a los programas preventivos, comuniquen sus síntomas y puedan ser diagnosticadas y tratadas cuando sea necesario.
La prevención tiene que estar basada en evidencia epidemiológica y no en miedo.
Vacunación, detección precoz, higiene, seguimiento de determinados síntomas y vigilancia epidemiológica constituyen herramientas mucho más eficaces que cualquier percepción alarmista.
Y buena parte de ese trabajo recae sobre enfermería.
Las enfermeras revisan antecedentes vacunales, detectan lagunas, administran vacunas, explican posibles efectos secundarios, realizan educación sanitaria, identifican síntomas y favorecen la adherencia a los programas de seguimiento.
Es un trabajo menos visible que una atención de emergencia, pero posiblemente uno de los que más impacto tiene sobre la salud colectiva.
Barreras lingüísticas y culturales: cuando cuidar también significa conseguir entenderse
Uno de los grandes desafíos de la salud migratoria no requiere tecnología sofisticada.
Requiere comunicación.
No compartir un idioma puede convertirse en una auténtica barrera clínica.
Explicar dónde duele, desde cuándo existe fiebre, qué medicamento se toma, si existe una alergia, cuándo fue la última menstruación o si determinado síntoma empezó antes o después del viaje son datos aparentemente sencillos que pueden resultar extraordinariamente difíciles de obtener cuando paciente y profesional no pueden comunicarse adecuadamente.
La OMS identifica precisamente las barreras lingüísticas, la falta de intérpretes y mediadores culturales y el desconocimiento del funcionamiento de los sistemas sanitarios como obstáculos importantes para el acceso de las poblaciones migrantes a los servicios de salud.
Utilizar lenguaje sencillo, apoyarse en herramientas de traducción adecuadas, recurrir a intérpretes cuando sea posible, comprobar que el paciente ha comprendido las indicaciones y adaptar la educación sanitaria forman parte de una atención segura.
Porque una prescripción que el paciente no comprende puede convertirse en un tratamiento que nunca llegará a realizarse correctamente.
La competencia cultural tampoco significa conocer todas las culturas posibles.
Significa asumir que las personas pueden interpretar la salud, la enfermedad, el dolor, la alimentación, la intimidad o los cuidados de manera diferente y ser capaces de adaptar la comunicación sin renunciar a los criterios de seguridad clínica.
Salud mental: las heridas que no aparecen en el triaje
Existe otra dimensión sanitaria que corre el riesgo de quedar relegada cuando las necesidades físicas son numerosas: la salud mental.
No todas las personas migrantes han vivido experiencias traumáticas, y sería incorrecto asumirlo de forma automática. Sin embargo, determinados procesos migratorios pueden incluir separación familiar, incertidumbre, violencia, pérdida, miedo, falta de sueño o experiencias potencialmente traumáticas.
La OMS señala que algunas personas refugiadas y migrantes pueden presentar ansiedad, alteraciones del sueño, fatiga, irritabilidad, depresión o síntomas relacionados con estrés postraumático, especialmente cuando han sufrido violencia, conflictos, pérdidas o largos periodos de incertidumbre. Los menores no acompañados constituyen uno de los grupos particularmente vulnerables.
Estos problemas no siempre aparecen como motivo principal de consulta.
A veces se manifiestan mediante cefaleas, dolor abdominal, insomnio, llanto, irritabilidad, somatizaciones o síntomas inespecíficos.
La enfermería tiene una posición privilegiada para detectarlos.
No se trata de convertir cada encuentro sanitario en una evaluación psiquiátrica, sino de mantener una mirada suficientemente amplia para reconocer cuándo existe sufrimiento emocional significativo y facilitar posteriormente el acceso a los recursos adecuados.
Porque atender una herida y no detectar a una persona completamente desbordada psicológicamente también puede significar dejar incompleto el cuidado.
Mantener la atención de los que ya estaban
Cualquier incremento extraordinario de demanda plantea además un segundo desafío: atender la emergencia sin desatender la actividad ordinaria.
Los pacientes habituales siguen existiendo.
Continúan produciéndose infartos, ictus, descompensaciones diabéticas, crisis respiratorias, accidentes, embarazos, curas, controles de anticoagulación y seguimiento de personas dependientes.
INGESA ha señalado reiteradamente durante el dispositivo desplegado en Ceuta que los centros sanitarios han continuado garantizando la atención habitual de la población ceutí. El Plan de Catástrofes Externas del Hospital Universitario permanece activado en nivel 1 desde el 31 de julio, nivel en el que el centro todavía puede responder a la situación con los recursos disponibles, mientras la evolución es evaluada diariamente por responsables médicos, de enfermería, Atención Primaria y Atención Hospitalaria.
Esta planificación es fundamental.
Una emergencia sanitaria no puede considerarse bien gestionada únicamente porque quienes llegan reciban asistencia. También debe evaluarse la capacidad para proteger la continuidad de cuidados de quienes ya estaban siendo atendidos.
Es uno de los grandes desafíos de cualquier sistema sanitario frente a un aumento brusco de población.
Cuidar también a quien nos cuida
Las cifras asistenciales suelen contabilizar pacientes, exploraciones, consultas o ingresos.
Mucho más difícil resulta medir el impacto sobre los profesionales.
Trabajar durante semanas con una demanda superior a la habitual, reorganizar turnos, adaptarse a nuevos circuitos, atender situaciones desconocidas y asumir una mayor presión emocional puede generar fatiga física y mental.
Y existe en Ceuta una circunstancia que refleja hasta qué punto una emergencia puede modificar incluso actividades sanitarias aparentemente alejadas de ella.
Siete enfermeras del Centro de Salud del Tarajal han comenzado a realizar determinadas visitas domiciliarias acompañadas por personal de seguridad privada ante la inquietud generada por la situación en algunas zonas próximas a la frontera. Las profesionales continúan atendiendo a sus pacientes habituales, pero las circunstancias obligaron a modificar temporalmente la forma de desarrollar esa actividad asistencial.
Este ejemplo recuerda algo esencial: proteger al paciente también implica proteger al profesional que tiene que atenderlo.
Los planes de contingencia deberían contemplar no solamente camas, medicamentos, material o circuitos asistenciales, sino también descansos, refuerzos de personal, prevención de riesgos laborales, apoyo emocional y condiciones seguras de trabajo.
Un sistema sanitario puede disponer de tecnología extraordinaria, pero su capacidad real continúa dependiendo de las personas que trabajan en él.
Ceuta como aprendizaje para los sistemas sanitarios
La movilidad humana continuará formando parte de nuestro futuro.
Actualmente existen más de 300 millones de migrantes internacionales en el mundo y la OMS advierte de que los desplazamientos humanos previsiblemente seguirán aumentando por múltiples factores, entre ellos conflictos, inseguridad, pobreza, degradación ambiental y desastres.
Por eso, lo sucedido en Ceuta no debería interpretarse únicamente como un episodio excepcional.
Desde la perspectiva sanitaria representa también una oportunidad para analizar hasta qué punto nuestros sistemas están preparados para responder a incrementos bruscos de población.
Necesitamos protocolos capaces de activarse rápidamente.
Circuitos claros de triaje.
Atención Primaria con capacidad resolutiva.
Equipos de enfermería suficientes.
Sistemas de información que permitan registrar y compartir datos clínicos.
Acceso a traducción e interpretación.
Programas de vacunación y vigilancia epidemiológica.
Coordinación entre Atención Primaria, hospital, emergencias, Salud Pública y organizaciones humanitarias.
Atención específica a infancia, embarazo, cronicidad y salud mental.
Y, sobre todo, capacidad de adaptar los recursos sin deteriorar la atención sanitaria habitual.
No se trata de crear permanentemente sistemas sanitarios paralelos para migrantes. De hecho, la OMS recomienda que, una vez superada la respuesta inmediata de una emergencia, estas personas puedan integrarse progresivamente en los dispositivos sanitarios ordinarios, evitando estructuras paralelas que dificulten la continuidad asistencial.
Se trata de construir sistemas suficientemente flexibles para responder cuando la realidad cambia.
Conclusión: una frontera que también se cuida.
Ceuta nos obliga a observar la migración desde una perspectiva que rara vez ocupa los grandes titulares: la de los cuidados.
Detrás de cada cifra de llegada existe una persona con una historia sanitaria que no comienza en la frontera. Puede existir una enfermedad previa, una medicación interrumpida, una herida reciente, un embarazo, un niño sin calendario vacunal conocido, una persona mayor dependiente o simplemente alguien agotado después de días de incertidumbre.
Y delante de esa persona existe también un profesional sanitario que debe decidir, valorar, priorizar y cuidar.
En ese encuentro desaparecen temporalmente muchas de las categorías con las que habitualmente describimos los movimientos migratorios.
Queda un paciente.
Y queda un profesional.
Ahí comienza la salud migratoria.
La experiencia reciente de Ceuta demuestra que los sistemas sanitarios pueden enfrentarse en muy poco tiempo a cambios extraordinarios en su demanda. Más de diez mil asistencias en un solo mes no son únicamente una cifra administrativa. Representan miles de valoraciones, constantes, curas, tratamientos, derivaciones, vacunaciones, registros, decisiones clínicas y horas de trabajo.
También muestran algo especialmente relevante: buena parte de esa respuesta no se produjo exclusivamente en el hospital.
La Atención Primaria asumió la mayoría de las asistencias realizadas a población migrante durante el primer mes del dispositivo. Y eso recuerda que la fortaleza de un sistema sanitario no se mide únicamente por el número de camas hospitalarias o por la sofisticación de su tecnología. Se mide también por su capacidad para detectar precozmente, prevenir, acompañar y resolver cerca de donde se encuentra la población.
En ese modelo, enfermería ocupa un lugar imposible de sustituir.
La enfermera realiza triaje, observa, cura, vacuna, administra tratamientos, detecta vulnerabilidad, educa, tranquiliza, deriva, registra y acompaña. En muchas ocasiones es también quien dedica más tiempo a intentar superar una barrera lingüística, descubrir qué medicación tomaba un paciente o identificar que detrás de un dolor aparentemente inespecífico existe miedo, agotamiento o sufrimiento emocional.
Ese trabajo difícilmente aparece reflejado por completo en las estadísticas.
Pero sostiene buena parte de la respuesta sanitaria.
La salud migratoria tampoco puede construirse desde el temor a quien llega. La evidencia disponible recuerda que los migrantes no constituyen, por el hecho de serlo, una amenaza para la salud de las poblaciones receptoras. Lo que sí existen son determinadas situaciones de vulnerabilidad que requieren vigilancia epidemiológica, prevención, vacunación, diagnóstico precoz y acceso adecuado al sistema sanitario. Y precisamente proporcionar esa atención constituye también una forma de proteger la salud colectiva.
Cuidar a una población recién llegada y cuidar a la población residente no son objetivos enfrentados.
Son dos partes de la misma responsabilidad sanitaria.
Una buena organización permite atender las nuevas necesidades sin abandonar las previas. Permite que quien necesita una cura la reciba y que quien presenta un infarto continúe siendo atendido con la misma rapidez. Que un niño pueda incorporarse a un programa vacunal y que una persona mayor de Ceuta siga recibiendo su visita domiciliaria. Que las urgencias atiendan aquello que realmente requiere atención hospitalaria y que Atención Primaria resuelva todo aquello que puede manejar de manera segura fuera del hospital.
Ese equilibrio constituye probablemente uno de los mayores retos.
Por eso Ceuta debería servir también como escenario de aprendizaje.
No sabemos dónde ocurrirá la próxima situación capaz de modificar repentinamente las necesidades sanitarias de una población. Puede derivarse de un movimiento migratorio, una catástrofe natural, un conflicto, una emergencia climática o cualquier otro acontecimiento que provoque un desplazamiento importante de personas.
Pero sí podemos decidir cómo queremos que estén preparados nuestros sistemas cuando ocurra.
Prepararlos significa disponer de planes de contingencia reales y no únicamente documentos teóricos. Significa fortalecer Atención Primaria y Salud Pública. Significa disponer de profesionales suficientes. Significa incorporar la competencia cultural y la comunicación a la práctica asistencial. Significa proteger la salud mental. Significa garantizar la continuidad de cuidados. Y significa cuidar también de quienes están llamados a cuidar a los demás.
La enfermería lleva décadas trabajando precisamente desde esa mirada: ver a la persona antes que a la circunstancia que la rodea.
Quizás por ello hablar de salud migratoria sea también hablar de la esencia misma de nuestra profesión.
Valoramos necesidades antes de emitir juicios. Identificamos riesgos antes de que se conviertan en complicaciones. Intentamos prevenir antes de tener que tratar. Y cuidamos independientemente del idioma, del origen o del lugar donde haya comenzado la historia del paciente.
Las fronteras delimitan territorios. La enfermedad no siempre entiende de ellas. Y los cuidados tampoco deberían hacerlo.
Porque cuando una emergencia humana llega hasta una frontera, la capacidad de un sistema sanitario para responder con organización, evidencia científica, seguridad y humanidad dice mucho de su verdadera fortaleza.
Y, en esa respuesta, detrás de muchas de las primeras manos que reciben, valoran y cuidan, seguirá estando enfermería.
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