Viñeta de Jesús Rubio Villaverde

Incomprendidas, mal tratadas y mal diagnosticadas

Last Updated: 15/10/2026By Tags:

Recientemente llegó a mis oídos la noticia da que la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha retirado su polémico estudio en el que algunas recomendaciones para mujeres en menopausia se apoyaban en valores o estudios realizados exclusivamente en varones, sin explicitar adecuadamente esa limitación.

A raíz de esto, empecé a preguntarme: ¿Por cuántos ojos habrá pasado ese estudio para que nadie detectara el problema antes de su publicación? ¿Somos acaso las mujeres invisibles? Caroline Criado-Perez aborda precisamente esta cuestión en Invisible Women, publicado en 2019, donde analiza cómo durante siglos buena parte del conocimiento se ha construido tomando al hombre como referencia y asumiendo que su experiencia podía representar al conjunto de la población. El libro habla de la “presunción de masculinidad”: lo universal es masculino hasta que se demuestre lo contrario. Criado-Perez muestra cómo este sesgo aparece incluso en el lenguaje, por ejemplo, en el uso del masculino genérico y en la forma en que tendemos a imaginar aquello que nombramos. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, escribió Ludwig Wittgenstein. Y quizá ahí haya una parte del problema: si nombramos el mundo principalmente en masculino, también corremos el riesgo de imaginarlo así. Las mujeres representamos aproximadamente la mitad de la población mundial y, sin embargo, con demasiada frecuencia aparecemos como una categoría específica, mientras que el hombre permanece como referencia universal. De ser la mitad de la humanidad, a convertirnos en una minoría.

Y el recorrido que hace Criado-Perez va mucho más allá de la ciencia: atraviesa nuestra cultura y nuestra forma de contar la historia. Hablamos del Renacimiento y de la Ilustración como grandes periodos de progreso humano, pese a que ese progreso no alcanzó de la misma manera a las mujeres. También en la cultura y en los medios, las experiencias femeninas se han tratado a menudo como particulares, mientras que las masculinas han tenido más facilidad para convertirse en universales: Jane Austen fue criticada por escribir sobre las inquietudes femeninas, mientras que relatos masculinos profundamente personales han sido interpretados como reflejo de las grandes inquietudes humanas. Y cuando miramos hacia atrás surgen inevitablemente preguntas: ¿no hubo compositoras, escritoras, científicas o artistas? Claro que las hubo, pero muchas quedaron fuera del relato, fueron olvidadas o vieron minimizadas sus contribuciones. El caso de Rosalind Franklin y su papel fundamental en el descubrimiento de la estructura del ADN es quizá uno de los ejemplos más conocidos de esa invisibilización.

Entonces, cuando decimos que la salud de las personas es lo más importante, ¿a la salud de quién nos estamos refiriendo? Sabemos que existen diferencias entre hombres y mujeres en la presentación de determinadas enfermedades, en el metabolismo, en la respuesta inmunitaria e incluso en cómo se manifiesta el dolor (todos sabemos que 37,1 de fiebre en un hombre no parece comparable a un parto en una mujer). Sin embargo, durante décadas el cuerpo masculino se ha utilizado como referencia y muchas de esas diferencias se han considerado secundarias. Esto tiene consecuencias reales: retrasos diagnósticos, síntomas interpretados de forma diferente (“solo es ansiedad”), menor evidencia sobre determinados tratamientos durante el embarazo o una representación insuficiente de mujeres en algunos ensayos clínicos. El problema no es únicamente que sepamos menos sobre enfermedades específicamente femeninas, sino que durante mucho tiempo hemos generado conocimiento tomando al hombre como norma y después hemos asumido que ese conocimiento podía extrapolarse al conjunto de la población.

¿Cuántos estudios más estarán sustentados sobre evidencia generada fundamentalmente en hombres? ¿Cuántas decisiones que afectan a la salud de las mujeres se están tomando sin disponer de toda la información necesaria? ¿Cuánto sabemos realmente sobre el cuerpo femenino, la salud menstrual o el embarazo? ¿Y cómo vamos a construir una asistencia verdaderamente centrada en el paciente si nuestra idea de “paciente” sigue teniendo, por defecto, rostro de hombre? No se puede hablar de medicina personalizada, de precisión o de atención centrada en la persona si el conocimiento sobre el que construimos esa asistencia parte de una visión incompleta de la población. La desigualdad de género en salud no es un problema anecdótico: es un problema estructural y global. Las mujeres no somos una población específica ni una excepción a la norma. Somos la mitad de la humanidad.

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