La sanidad del futuro se construirá con datos, pero… ¿de quién?

Last Updated: 22/07/2026By Tags:

El equilibrio entre la sostenibilidad económica de un sistema sanitario público universal y una cartera amplia de servicios roza, a veces, la utopía. Podríamos resumirlo con aquello de que “nunca llueve a gusto de todos”. Pero quizá la pregunta incómoda no sea esa. Quizá la cuestión sea si realmente llueve igual para todos o si, en la práctica, algunos soportan mucho más la tormenta que otros.

El primer síntoma de una sanidad pública que empieza a fallar suele aparecer precisamente ahí: en la Atención Primaria. Cuando el centro de salud deja de ser accesible, continuo y resolutivo, quienes más lo sufren no son quienes pueden permitirse una alternativa privada, sino las personas mayores, los pacientes crónicos, las familias con menos recursos, quienes viven en zonas con menos cobertura y quienes dependen de verdad del sistema público para recibir una atención sanitaria digna.

Como plantea Javier Padilla en ¿A quién vamos a dejar morir?, hablar de sanidad pública no es solo hablar de recursos, listas de espera o eficiencia. Es hablar de decisiones políticas, de prioridades colectivas y, sobre todo, de desigualdad: ¿Hasta qué punto el sistema sanitario reduce las brechas sociales?

Desde esa mirada, desmantelar la Atención Primaria es una forma silenciosa de ensanchar la brecha de desigualdad. Porque, si el acceso a una medicina cercana, preventiva y de calidad depende cada vez más de la capacidad de pago, la universalidad deja de ser una garantía real y empieza a convertirse en una promesa condicionada.

El supuesto ahorro de recortar en Atención Primaria es profundamente engañoso. Cuando faltan médicos en los centros de salud, las citas se retrasan, el seguimiento de pacientes frágiles se rompe o la prevención llega tarde, el problema no se resuelve, cambia de lugar. Como la materia, que ni se crea ni se destruye; solo se transforma. Y en sanidad esa transformación acaba en el nivel más caro del sistema: la atención hospitalaria.

El refranero español lo resume mejor que muchos informes de gestión: más vale prevenir que curar. Y, sin embargo, seguimos tratando la Atención Primaria como si fuera un gasto prescindible, cuando en realidad es el lugar donde ese refrán se convierte en política sanitaria. Lo que no se previene a tiempo en consulta acaba muchas veces de noche en urgencias. Lo que no se acompaña en un paciente crónico acaba en una descompensación. Lo que no se detecta en fases tempranas acaba ocupando una cama hospitalaria. Por eso, recortar en Atención Primaria no elimina el problema: solo lo encarece, lo retrasa y lo desplaza al nivel más saturado del sistema. La Atención Primaria es el engranaje que permite equilibrar humanidad y eficiencia, continuidad y sostenibilidad, cercanía y capacidad de respuesta.

La tecnología, bien diseñada y gobernada (por supuesto), debe convertirse en un motor para reducir la brecha de desigualdad, liberar tiempo clínico y ayudar a que el sistema llegue antes, mejor y con más contexto a quienes más lo necesitan. Y esta reflexión nos lleva inevitablemente al siguiente debate: si la tecnología puede ser una herramienta para reducir la brecha de desigualdad sanitaria, ¿estamos diseñando los nuevos espacios europeos de datos de salud para conseguirlo?

En el contexto del European Health Data Space, Europa avanza hacia un modelo en el que los datos sanitarios podrán circular, interoperar y reutilizarse con mayor facilidad para la asistencia, la investigación, la innovación y la planificación sanitaria. Sobre el papel, la promesa es enorme: mejores decisiones, sistemas más conectados, investigación más ágil y políticas públicas basadas en evidencia real. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué ocurre cuando los datos que alimentan esos espacios proceden de sistemas sanitarios ya tensionados, fragmentados y desiguales?

Si la Atención Primaria está debilitada corremos el riesgo de trasladar la desigualdad al propio dato (como he dicho antes: la desigualdad ni se crea, ni se destruye, solo se desplaza). Si el dato nace desigual, también van a serlo los algoritmos, los indicadores, las políticas y las decisiones que se construyan sobre él.

Los espacios de datos sanitarios deben entenderse como infraestructuras de equidad

Por eso, los espacios de datos sanitarios deben entenderse como infraestructuras de equidad. Pueden ayudarnos a identificar necesidades, anticipar riesgos y redistribuir recursos allí donde más falta hacen. Pero también pueden crear una nueva brecha si solo representan bien a quienes ya estaban mejor atendidos, registrados y conectados al sistema.

La cuestión, entonces, es si Europa será capaz de capaz de compartir datos sanitarios sin convertir las desigualdades asistenciales de hoy en las desigualdades algorítmicas de mañana.

¿Quieres ver lo que New Medical Economics te ofrece?

5/5 - (1 voto)