One health no puede sostenerse sobre profesionales que empiezan quemándose
Durante años hemos defendido que la salud humana, la salud animal y la salud ambiental no pueden abordarse como realidades separadas. La pandemia, las zoonosis, la resistencia antimicrobiana, la seguridad alimentaria, el cambio climático, la salud mental comunitaria y la convivencia cada vez más estrecha con animales han hecho evidente que la salud es un sistema interdependiente.
Ese es el valor del enfoque One health: obliga a mirar más allá de la consulta, del hospital, de la granja, del laboratorio o del municipio. Obliga a entender que lo que ocurre en una parte del sistema afecta al conjunto.
Pero quizá ha llegado el momento de aplicar esa misma lógica a quienes sostienen el propio sistema. Porque no hay One health real si los profesionales que deben hacerlo posible trabajan en condiciones que favorecen el agotamiento, la fuga de talento o la desvinculación precoz de aquello para lo que se formaron.
La sostenibilidad profesional también es una cuestión sanitaria
En los últimos meses, las reivindicaciones de médicos y enfermeras en España han vuelto a colocar sobre la mesa un debate incómodo: la calidad asistencial no depende solo de protocolos, tecnología o inversión en infraestructuras. Depende también de las condiciones en las que trabajan quienes prestan la atención.
Las movilizaciones médicas contra el nuevo Estatuto Marco han puesto el foco en cuestiones como las guardias, las jornadas prolongadas, el reconocimiento específico de la profesión médica y la necesidad de un marco laboral adaptado a la realidad asistencial. Algunas protestas han denunciado jornadas de hasta 24 horas en la sanidad pública, vinculando directamente las condiciones laborales con la capacidad de garantizar una atención segura y de calidad.
La enfermería vive un debate similar. Un estudio reciente, difundido por distintas entidades profesionales y medios sanitarios, señala que el 39,6% de las enfermeras y enfermeros participantes manifiesta intención de abandonar la profesión en los próximos diez años, y un 17% se plantea hacerlo en menos de dos. El análisis apunta a la inestabilidad laboral, el escaso reconocimiento profesional y las condiciones de ejercicio como factores relevantes para entender este riesgo de abandono.
Estos datos no deberían leerse como simples conflictos laborales sectoriales. Son señales de fragilidad del sistema. Cuando una profesión sanitaria empieza a perder profesionales, no pierde solo manos. Pierde experiencia, criterio, continuidad, memoria institucional y capacidad de respuesta. Pierde seguridad.
La veterinaria no está fuera de esta conversación
La veterinaria participa de pleno derecho en el enfoque One health. Su papel en salud pública, seguridad alimentaria, prevención de zoonosis, vigilancia epidemiológica, resistencia antimicrobiana, bienestar animal y sanidad ambiental es indiscutible.
Sin embargo, la profesión veterinaria sigue ocupando una posición periférica en buena parte del imaginario sanitario. Se la reconoce socialmente por la clínica de animales de compañía, pero no siempre se entiende su función como parte de la arquitectura de salud colectiva.
La propia sección One health de New Medical Economics ha insistido en esta necesidad de recuperar el papel veterinario en espacios estructurales. En el ámbito municipal, por ejemplo, se ha señalado que muchas competencias críticas —seguridad alimentaria, sanidad ambiental, control de fauna urbana, bienestar animal y prevención de zoonosis— son, en la práctica, competencias de naturaleza veterinaria.
Por eso, hablar de veterinaria en One health no debería limitarse a reivindicar su importancia técnica. También exige mirar cómo se forman, se incorporan, se reconocen y se retienen sus profesionales. Un sistema que necesita veterinarios para prevenir riesgos colectivos no puede permitirse que muchos de ellos empiecen su carrera sintiendo que el ejercicio real es una prueba de resistencia.
El inicio profesional como punto crítico del sistema
En todas las profesiones sanitarias existe un momento especialmente vulnerable: el paso entre la formación y el ejercicio real. La universidad proporciona conocimiento. La práctica exige criterio. Y entre ambos hay una distancia que no siempre se acompaña bien.
En veterinaria, ese salto puede ser especialmente brusco. La persona recién graduada pasa de un entorno formativo supervisado a una realidad clínica donde debe integrar conocimientos técnicos, comunicación con familias, toma de decisiones, gestión económica, urgencias, sufrimiento animal, presión emocional y miedo al error.
El problema no es que exista inseguridad. La inseguridad inicial es esperable en cualquier profesión sanitaria compleja. El problema aparece cuando esa inseguridad se vive en soledad, se interpreta como falta de capacidad o se normaliza bajo la idea de que “a todos nos pasó”.
En mi libro, Comenzar sin quemarse, esta cuestión aparece como punto de partida: el inicio profesional en clínica veterinaria no es solo un cambio de rol, sino un impacto en un entorno de alta responsabilidad, margen de error vivido como mínimo y acompañamiento muchas veces escaso.
Pero la reflexión no pertenece solo a la veterinaria. La transición entre formación y práctica real debería ser considerada una etapa crítica dentro de cualquier política seria de recursos humanos sanitarios. Porque ahí se decide mucho más que la adaptación de una persona joven a su primer empleo.
Ahí se decide si el sistema incorpora talento, lo acompaña y lo transforma en criterio profesional; o si lo expone demasiado pronto a dinámicas de desgaste que después se intentan corregir tarde.
No es un problema de fragilidad individual
Uno de los errores más frecuentes al hablar de desgaste profesional es reducirlo a una cuestión de fortaleza personal. Como si quien se agota no hubiera sabido organizarse, relativizar, desconectar o “gestionar sus emociones”. Ese enfoque es insuficiente.
Por supuesto, que las habilidades individuales importan. Importan la comunicación, la regulación emocional, la capacidad de pedir ayuda, el criterio para poner límites y la madurez profesional. Pero ninguna competencia individual compensa de forma estable un entorno mal diseñado.
No se puede pedir resiliencia infinita a profesionales que trabajan con alta carga asistencial, exposición al error, presión social, déficit de reconocimiento y escaso acompañamiento.
En veterinaria, este fenómeno tiene rasgos propios. A la complejidad clínica se suma una relación económica directa con el cliente, una fuerte carga emocional vinculada al animal, expectativas sociales a veces contradictorias y una estructura sectorial muy fragmentada. En muchos centros pequeños, además, el profesional joven puede encontrarse tomando decisiones con poca supervisión real.
La consecuencia es conocida: inseguridad, culpa, cuerpo en alerta, dificultad para decir no y riesgo de abandono temprano.
En el programa de acompañamiento profesional vinculado a Comenzar sin quemarse, esos elementos se ordenan no como terapia ni como formación técnica, sino como acompañamiento profesional para construir autonomía, criterio y sostenibilidad desde los primeros años.
Ese matiz es importante: no hablamos de psicologizar la profesión, sino de profesionalizar el acompañamiento.
One Welfare: el eslabón que falta
El enfoque One health ha permitido integrar salud humana, animal y ambiental. Pero cuando hablamos de sostenibilidad profesional, el concepto One Welfare añade una capa imprescindible: no basta con que los sistemas estén conectados desde el punto de vista epidemiológico o sanitario; también hay que mirar el bienestar de los animales, las personas, las comunidades y los entornos en los que se desarrolla el cuidado.
La propia línea editorial de One health en New Medical Economics ha abierto espacio a esta visión, entendiendo que bienestar humano, bienestar animal y sostenibilidad ambiental forman parte de una misma red de interdependencias.
Desde ahí, la pregunta se vuelve más exigente: ¿Puede un sistema proteger la salud colectiva si quienes lo sostienen trabajan sistemáticamente por encima de sus límites?, ¿puede hablarse de bienestar animal sin mirar también las condiciones de quienes cuidan, diagnostican, comunican, acompañan y toman decisiones difíciles? ¿puede hablarse de seguridad del paciente, seguridad alimentaria o prevención de zoonosis sin garantizar profesionales suficientemente descansados, reconocidos y acompañados?
One Welfare no sustituye a One health. Lo aterriza. Nos recuerda que la salud no es solo ausencia de enfermedad, ni la sostenibilidad es solo eficiencia económica. También implica condiciones de ejercicio que permitan cuidar sin deteriorar progresivamente a quien cuida.
El desgaste profesional como pérdida de capacidad sanitaria
Cuando un médico abandona la sanidad pública, cuando una enfermera se plantea dejar la profesión o cuando un veterinario joven decide salir de la clínica, el problema no es solo individual. Es pérdida de capacidad sanitaria, de inversión formativa no consolidada, pérdida de experiencia antes de que madure y, además, es presión adicional para quienes se quedan, deterioro de la continuidad asistencial y un debilitamiento de la prevención.
En veterinaria, además, la pérdida de profesionales clínicos tiene implicaciones que van más allá del mercado laboral. Afecta a la atención de animales de compañía, al asesoramiento sanitario de las familias, al uso responsable de medicamentos, a la detección de problemas zoonósicos, al bienestar animal y a la capacidad del sector para integrarse con solvencia en estrategias One health.
No es casualidad que el convenio colectivo veterinario haya supuesto un punto de inflexión en la ordenación del sector, pero tampoco resuelve por sí solo todos los problemas. En una presentación sobre el convenio se señalaba que no elimina la presión emocional, no garantiza salarios ideales, no resuelve la falta de veterinarios y no cambia de forma automática el reconocimiento social; es un punto de partida, no la solución final.
Esa idea debería trasladarse al conjunto de las profesiones sanitarias: regular es imprescindible, pero no suficiente. También hay que construir cultura profesional, carrera, supervisión, acompañamiento y reconocimiento.
La vocación no puede seguir funcionando como amortiguador del sistema
En las profesiones sanitarias, la vocación ha sido durante mucho tiempo un recurso moral. Ha permitido sostener esfuerzo, compromiso y sentido. Pero también ha servido, demasiadas veces, como amortiguador de déficits estructurales.
Cuando falta personal, se apela a la vocación. Cuando las jornadas se alargan, se apela a la vocación. Cuando el descanso se retrasa, se apela a la vocación. Cuando el reconocimiento no llega, se apela a la vocación.
Pero la vocación no sustituye a la organización, no sustituye a la supervisión, no sustituye a la remuneración digna, no sustituye a los descansos, no sustituye a la planificación de plantillas y no sustituye a la cultura de cuidado profesional.
Las reivindicaciones actuales de médicos y enfermeras están mostrando precisamente ese límite: el compromiso profesional no puede convertirse en una coartada para sostener sistemas tensionados.
La veterinaria debe leer ese debate con atención. No para compararse de forma defensiva con otras profesiones, sino para reconocerse dentro de una conversación sanitaria mayor. Porque el problema de fondo es común: seguimos formando profesionales altamente cualificados para sistemas que no siempre están preparados para sostenerlos.
Cuidar el comienzo es una estrategia de retención
Si queremos profesiones sanitarias fuertes, debemos dejar de tratar el inicio profesional como una fase en la que cada persona debe sobrevivir como pueda. Acompañar el comienzo no es paternalismo. Es política de retención.
Significa diseñar sistemas donde el recién graduado pueda desarrollar criterio sin sentirse arrojado a una exigencia desproporcionada. Significa crear espacios donde el error pueda revisarse sin humillación. Significa que pedir ayuda no sea vivido como una confesión de incompetencia. Significa entender que la autonomía profesional no aparece de golpe, se construye.
En veterinaria, esta necesidad es especialmente urgente. El paso de la facultad a la clínica exige una transición no solo técnica, sino identitaria. El programa Comenzar sin quemarse parte precisamente de esa idea: acompañar el recorrido desde la inseguridad inicial hacia una autonomía profesional sostenible, trabajando identidad, gestión emocional, límites, comunicación, autocuidado real, criterio clínico e integración profesional.
Pero esta lógica podría aplicarse a cualquier profesión sanitaria. No basta con captar profesionales. Hay que conseguir que quieran quedarse.
One health también exige estructuras profesionales sanas
El enfoque One health ha avanzado mucho al señalar la interdependencia entre salud humana, animal y ambiental. Pero si quiere ser verdaderamente transformador, debe incorporar otra interdependencia: la que existe entre la salud del sistema y la salud profesional.
La prevención depende de los profesionales. La vigilancia depende de los profesionales. La continuidad asistencial depende de los profesionales. La seguridad sanitaria depende de los profesionales.
En definitiva: One health depende de que las profesiones sanitarias sean sostenibles.
Esto no significa convertir cada artículo sobre One health en una reflexión laboral. Significa reconocer que las condiciones profesionales son parte de la infraestructura sanitaria. Igual que hablamos de laboratorios, sistemas de vigilancia, coordinación interinstitucional o políticas de prevención, debemos hablar de formación, transición profesional, supervisión, ratios, descansos, reconocimiento, carrera profesional y retención.
Porque lo contrario sería incoherente: defender una salud integrada mientras mantenemos fragmentadas, agotadas o precarizadas a las personas que deben hacerla posible.
Dejar de llegar tarde
En sanidad tenemos cierta tendencia a intervenir cuando el problema ya es evidente: cuando faltan profesionales, cuando aumentan las bajas, cuando se disparan las listas de espera, cuando hay abandono, cuando el sistema protesta o cuando la sociedad percibe el deterioro.
Pero la prevención también debería aplicarse a la vida profesional. No deberíamos esperar a que un médico, una enfermera o una veterinaria estén agotados para hablar de sostenibilidad. No deberíamos esperar al abandono para hablar de retención. No deberíamos esperar al colapso para reconocer que el comienzo estuvo mal acompañado.
El enfoque One health nos ha enseñado que prevenir exige anticiparse, coordinar y mirar el sistema completo. Apliquemos esa misma inteligencia a las profesiones sanitarias.
Cuidar a quienes empiezan no es una cuestión blanda, es una medida de seguridad estructural.
Una salud única no puede construirse sobre desgaste fragmentado
La salud humana necesita médicos y enfermeras en condiciones sostenibles. La salud animal necesita veterinarios reconocidos, acompañados y retenidos. La salud pública necesita coordinación real entre disciplinas. La salud ambiental necesita profesionales capaces de trabajar en red. La sociedad necesita sistemas que no dependan del sacrificio silencioso de quienes velan por ella.
Por eso, el debate sobre el inicio profesional no es menor. Es profundamente sanitario.
Al escribir Comenzar sin quemarse, la pregunta de fondo no era cómo ayudar a alguien a sentirse mejor de manera individual. Era otra: qué estamos normalizando en los primeros años de ejercicio y qué coste tiene eso para la profesión, para el sistema y para la sociedad.
Esa pregunta pertenece de lleno al enfoque One health. Porque si la salud es una sola, la sostenibilidad de quienes la sostienen también debería serlo.
No podemos construir una salud única sobre profesionales fragmentados, agotados o expulsados demasiado pronto de aquello para lo que se formaron.
Cuidar el comienzo no es suavizar la exigencia profesional. Es asegurar que esa exigencia pueda sostenerse con criterio, con estructura y con futuro.
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