La segunda víctima: el profesional que también necesita ser cuidado tras un evento adverso
Un sistema sanitario solo aprende de sus errores cuando deja de buscar culpables y empieza a cuidar a quienes los protagonizan. La atención a la segunda víctima es ya una de las palancas más eficaces, y peor desarrolladas, de la seguridad del paciente.
Cuando hablamos de seguridad del paciente, casi todo el foco —el legítimo y el necesario— se dirige al paciente y a su familia. Es lo justo: son la primera víctima del evento adverso, y a ellos corresponde la primera respuesta del sistema.
Pero hay una segunda víctima a la que durante demasiado tiempo hemos prestado muy poca atención: el profesional sanitario implicado en el incidente. El término, acuñado por Albert Wu en el año 2000, describe a la enfermera, al médico, al residente o al técnico que queda emocional y profesionalmente afectado tras haber participado en un evento adverso.
La literatura internacional sitúa la prevalencia entre el 40% y el 60% de los profesionales a lo largo de su carrera. Los estudios disponibles en España confirman cifras del mismo orden. Hablamos, por tanto, de un fenómeno frecuente, prolongado y silencioso.
Sus manifestaciones son conocidas y, sin embargo, raramente abordadas de forma estructurada: ansiedad, insomnio, sentimiento de culpa, miedo a repetir el error, pérdida de confianza en el propio juicio clínico, aislamiento dentro del equipo, bajas laborales, cambios de servicio e incluso abandono definitivo de la profesión.
Cuando esto ocurre, no solo perdemos a un profesional: perdemos al equipo entero un poco, y al sistema mucho.
Del incidente individual al aprendizaje del sistema
La respuesta institucional al evento adverso ha estado tradicionalmente centrada en dos planos: la atención al daño causado al paciente y el análisis del caso. La situación del profesional implicado —su escucha, su acompañamiento, su recuperación— ha quedado, en demasiadas ocasiones, fuera del protocolo.
Esa omisión tiene un coste organizacional que ya no podemos permitirnos. Un profesional emocionalmente afectado y sin acompañamiento tiene mayor riesgo de cometer un nuevo error. La cultura del silencio multiplica el daño: el incidente no se notifica, el análisis no se completa, las causas estructurales no se identifican y el sistema no aprende. El paciente siguiente queda expuesto al mismo fallo que el anterior.
Cuidar a la segunda víctima no es, por tanto, una cuestión de bienestar individual: es un requisito para que el sistema sanitario sea seguro a largo plazo.
La transición que tantos servicios están intentando hacer —del enfoque centrado en la búsqueda del responsable individual al modelo sistémico de aprendizaje— exige un cambio cultural profundo. Aceptar que el error forma parte de la práctica clínica no implica resignación, sino madurez organizativa. Lo que distingue a una organización que aprende de otra que no aprende no es la ausencia de errores: es cómo los detecta, cómo los notifica y qué hace con ellos cuando ocurren.
Hay cinco condiciones que los centros y servicios que mejor gestionan estas situaciones tienen en común. Atención emocional inmediata, dentro de las primeras 24-48 horas, idealmente mediante programas de apoyo entre iguales. Información clara al profesional sobre los pasos que se van a seguir. Acompañamiento en la conversación con el paciente y la familia, sin dejarle solo ante ese momento decisivo. Análisis del evento adverso desde una perspectiva sistémica y no punitiva, con metodologías como el análisis causa-raíz. Y seguimiento a medio plazo, porque el impacto no se resuelve en una semana.
Ninguno de estos elementos es teórico. Existen ya programas en hospitales españoles que combinan peer support, equipos de respuesta rápida y comités de seguridad del paciente con resultados verificables en bienestar profesional y en notificación de incidentes.
Cuidar al profesional que ha vivido un evento adverso es, en el fondo, una decisión sobre qué tipo de sistema sanitario queremos. Uno que aprende, que se cuida y que protege mejor a sus pacientes; o uno que mira hacia otro lado, fragiliza a sus profesionales y repite los mismos errores con otros nombres.
El reto no es eliminar el error clínico —eso no es posible—. El reto es construir una asistencia capaz de detectarlo a tiempo, comunicarlo y aprender de él. Esa asistencia empieza, también, por cuidar a quien lo ha vivido en primera persona.
Priscila Giraldo
Enfermera, abogada y Doctora en Salud Pública, especializada en Derecho Sanitario
Misma temática
¿Quieres ver lo que New Medical Economics te ofrece?


