Absentismo y sanidad: entre el que se va, el que siempre está y lo que premiamos sin darnos cuenta
Siempre me dejó un poso de pensamiento rumiante la parábola del hijo pródigo. Debe de ser porque soy la hija mediana en mi familia, ni la mayor, ni la menor. Siempre me hizo pensar mucho sobre el sentido de justicia este cuento. Quizá es porque suele contarse como una historia de segundas oportunidades. Alguien se va, se equivoca, vuelve y es bien recibido. Pero hay otro personaje en esa historia que muchas veces pasa desapercibido: el hermano mayor. El que no se fue. El que estuvo ahí todos los días, haciendo lo que tocaba.
Y quizá esa historia nos ayuda a reflexionar mejor sobre lo que está pasando con el absentismo laboral en España, especialmente en la sanidad. Los datos de 2025 son claros: el absentismo ronda el 7,7% de las horas trabajadas, con cerca de 1,7 millones de personas que no acuden a su puesto cada día. En sanidad, la cifra supera el 10%. Es decir, en un hospital cualquiera, uno de cada diez profesionales no está. Y alguien tiene que absorber ese hueco. Y los especialistas son escasos.
Más allá del dato, lo importante es cómo se vive. Eso se traduce en escenas muy concretas: es llegar a un turno y descubrir que falta alguien, es rehacer agendas sobre la marcha, es una consulta que se alarga porque hay más pacientes de los previstos, es un profesional que se queda un rato más, es un equipo que, sin hacer ruido, compensa lo que falta. Porque el sistema no se para nunca. Cuando alguien falta, otro cubre. Y muchas veces suelen ser los mismos.
Aquí es donde quizá deberíamos rascar un poco más allá de la superficie. Si buscamos la causa raíz, vemos que no hay una única explicación: hay más enfermedades crónicas, más problemas de salud mental, plantillas envejecidas y un trabajo asistencial cada vez más exigente. También influye cómo está organizado el propio sistema con listas de espera largas, procesos de baja que se alargan porque no siempre se pueden revisar con rapidez y poca flexibilidad para adaptarse cuando alguien no está. La AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) ya ha apuntado que no solo hay más bajas, sino que duran más. Y eso no siempre tiene que ver únicamente con el estado clínico, sino con cómo está organizado el sistema y los tiempos que genera.
Pero quizá lo más incómodo, y lo más interesante, está en otra capa de esa superficie a rascar: la de los incentivos. Porque, aunque no se diseñen explícitamente, los incentivos existen. Están en cómo se reconoce (o no) el esfuerzo, en cómo se distribuyen las cargas, en lo que se tolera y en lo que se premia de facto.
Aquí encaja bien una idea reciente de Francisco Javier Arrieta Idiakez (2026), que propone dejar de ver el absentismo solo como una cifra y empezar a entenderlo como un fenómeno de comportamiento, con causas que van desde la salud hasta lo que él llama, de forma provocadora, “actos de rebeldía” o desenganche con el trabajo. Idiakez propone un cambio de mirada; virar a un enfoque positivo centrado en aspectos tales como ausencias evitables (enfocándose en las ausencias injustificadas), evaluación de la presencia física sin productividad real (el presentismo) o análisis de la influencia del clima laboral, el estrés y la salud emocional.
Es decir, no todo es enfermedad, pero tampoco todo es fraude. Es, sobre todo, complejidad. Y en esa complejidad, el sistema sanitario lanza señales contradictorias.
El profesional que siempre está, el que cubre, el que no falla, el que alarga su jornada, rara vez recibe un reconocimiento proporcional. Mientras tanto, el sistema protege (como debe ser) la ausencia, pero no siempre distingue bien entre situaciones inevitables y patrones más estructurales. No es una cuestión de señalar. Es una cuestión de equilibrio.
«El sistema no se para nunca. Cuando alguien falta, otro cubre»
Porque cuando el esfuerzo sostenido no cuenta, o cuenta poco, lo que aparece no es necesariamente más absentismo inmediato, sino algo más silencioso: desgaste, desmotivación, desconexión progresiva. El hermano mayor sigue estando, pero cada vez con menos energía. Y eso, en un hospital, no es un tema menor.
Por eso, quizá la conversación sobre absentismo necesita moverse un poco. No abandonar la mirada sobre las condiciones laborales, que es imprescindible, sino ampliarla: entender mejor las causas reales, ajustar los tiempos del sistema y, sobre todo, revisar qué conductas estamos incentivando sin darnos cuenta. Porque, al final, toda organización premia algo aunque no lo diga.
Volviendo a la parábola, no se trata de elegir entre el hijo pródigo y el hermano mayor. Se trata de construir un sistema en el que volver esté bien, pero quedarse también merezca la pena.
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