La gran confusión estratégica de la sanidad moderna: cuando digitalizar no es innovar
Pocas palabras han sido tan utilizadas en los últimos años en el sector sanitario como “innovación” y “transformación digital”. Hospitales, servicios de salud, aseguradoras, compañías farmacéuticas y organizaciones sanitarias de todo tipo han impulsado múltiples iniciativas tecnológicas bajo el paraguas de la innovación. Sin embargo, una pregunta incómoda merece ser planteada: ¿estamos innovando realmente o solo estamos digitalizando procesos existentes?
La respuesta no es trivial. De hecho, buena parte de los proyectos que se presentan como innovación son, en realidad, ejercicios de digitalización. Es decir, sustituyen herramientas analógicas por herramientas digitales sin alterar sustancialmente el modelo asistencial, los procesos de decisión, la experiencia del paciente o los resultados en salud.
La diferencia puede parecer semántica, pero tiene profundas implicaciones estratégicas.
Digitalizar es necesario, pero no suficiente
La digitalización consiste en incorporar tecnologías digitales para mejorar o automatizar actividades existentes. Digitalizar una historia clínica en papel, implantar un sistema ERP o desplegar una plataforma de gestión documental son ejemplos claros de digitalización.
Estas iniciativas son importantes y, en muchos casos, imprescindibles. Sin embargo, por sí solas no constituyen innovación.
La innovación implica generar nuevas formas de crear valor. Supone transformar procesos, modelos organizativos, experiencias y resultados. En otras palabras, la tecnología es un medio; la innovación es el cambio que dicha tecnología permite.
La propia Organización Mundial de la Salud en su informe sobre la estrategia global en salud digital 2020-2025 advierte de que la adopción de herramientas digitales no garantiza mejoras en salud si no responde a necesidades concretas y no se integra en una estrategia de transformación del sistema.
El espejismo tecnológico
Uno de los errores más frecuentes en las organizaciones sanitarias consiste en asumir que la incorporación de tecnología equivale automáticamente a innovar.
La compra de una plataforma de inteligencia artificial, la implantación de un sistema de teleconsulta o la adquisición de dispositivos conectados suelen presentarse como hitos de innovación. No obstante, la verdadera pregunta debería ser otra: ¿qué problema relevante estamos resolviendo?
Si la tecnología no modifica resultados clínicos, experiencia del paciente, eficiencia operativa o sostenibilidad económica, difícilmente puede considerarse una innovación.
Un estudio reciente de la consultora McKinsey señala que la inmensa mayoría de los directivos sanitarios consideran prioritaria la transformación digital, pero muchos reconocen que las inversiones realizadas no están generando el impacto esperado.
Esto ocurre porque numerosas iniciativas se centran en desplegar tecnología sin transformar simultáneamente procesos, cultura organizativa y modelos asistenciales.
Innovar significa transformar
La verdadera innovación sanitaria implica repensar cómo se presta la atención.
La telemedicina no es innovación porque exista una videollamada entre médico y paciente. La innovación aparece cuando se rediseña el modelo asistencial para gestionar pacientes crónicos en su domicilio, reduciendo ingresos evitables y mejorando resultados.
La inteligencia artificial no es innovación por sí misma. La innovación surge cuando permite identificar pacientes de alto riesgo, anticipar descompensaciones o personalizar tratamientos de manera que antes no era posible.
La historia clínica electrónica tampoco constituye una innovación en sí misma. Lo es cuando se convierte en una plataforma interoperable que facilita decisiones clínicas basadas en datos y mejora la coordinación entre niveles asistenciales.
La diferencia parece sutil, pero es fundamental.
Digitalizar no equivale a innovar
El problema de medir la innovación por el gasto tecnológico
Muchas organizaciones sanitarias evalúan su capacidad innovadora mediante indicadores como:
- Número de proyectos digitales.
- Inversión tecnológica.
- Licencias adquiridas.
- Dispositivos desplegados.
Todos estos indicadores miden actividad tecnológica, no innovación.
La innovación debería medirse por variables como:
- Resultados clínicos obtenidos.
- Mejora de la experiencia del paciente.
- Reducción de costes evitables.
- Incremento de la accesibilidad.
- Generación de nuevo conocimiento.
- Capacidad para crear modelos asistenciales más eficientes.
Confundir ambos conceptos genera una falsa sensación de progreso que puede ocultar la ausencia de cambios reales.
El papel de la I+D+i
La investigación y la innovación tienen una función diferente a la digitalización.
Pero digitalizar no equivale a innovar.
La I+D+i debe servir para explorar nuevas soluciones, validar modelos disruptivos y generar evidencia que permita transformar la práctica clínica.
Desafortunadamente, en muchas organizaciones, la innovación ha quedado reducida a la implantación de herramientas tecnológicas previamente disponibles en el mercado.
Esta aproximación tiene un recorrido limitado. La verdadera innovación exige experimentar, asumir riesgos, medir impacto y aprender rápidamente.
No se trata únicamente de adoptar tecnología, sino de desarrollar capacidades organizativas para generar nuevas formas de crear valor.
De organizaciones digitalizadas a organizaciones innovadoras
Las organizaciones sanitarias que liderarán la próxima década compartirán varias características:
- Orientarán la tecnología a resolver problemas clínicos y organizativos concretos.
- Medirán resultados y no únicamente actividad digital.
- Integrarán la innovación en la estrategia corporativa.
- Fomentarán la experimentación y el aprendizaje continuo.
- Impulsarán modelos de innovación abierta con universidades, startups y centros tecnológicos.
- Situarán al paciente y también al profesional, verdaderamente, en el foco de la transformación.
Sin duda, la tecnología será un habilitador, pero nunca el objetivo último.
Reflexión final
La digitalización es necesaria. Sin ella, difícilmente podremos afrontar retos de nuestros sistemas sanitarios tan importantes como la cronicidad, el envejecimiento o la escasez de profesionales.
La innovación comienza cuando la tecnología transforma la manera de prestar servicios, generar conocimiento y crear valor para pacientes, profesionales y organizaciones.
Quizá haya llegado el momento de que el sector sanitario deje de preguntarse cuánta tecnología incorpora y empiece a preguntarse cuánto valor genera gracias a ella.
Porque la diferencia entre digitalizar e innovar no está en las herramientas que utilizamos, sino en los resultados que somos capaces de conseguir.
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