La salud es un derecho fundamental que afecta a todas las personas, pero la forma en que se experimenta y se plantea pueden variar según el género.

En el contexto de salud, donde la equidad y la inclusión son temas centrales, es esencial que los profesionales de la salud adopten una «mirada femenina» y una perspectiva de género en su práctica diaria. Esta sensibilización no solo mejora la atención a las personas enfermas, sino que también contribuye a un sistema de salud más justo y equitativo.

La perspectiva de género se refiere al análisis de cómo el género influye en la experiencia de las personas. No se trata solo de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, sino de cómo las construcciones sociales afectan las oportunidades y el acceso a recursos, incluido el cuidado de la salud. Este enfoque es fundamental para identificar y abordar las desigualdades en salud.

Debemos comprender cómo las normas de género influyen en el acceso a la atención sanitaria, la calidad de la atención recibida y los resultados de salud en general. Es fundamental que los/las profesionales sanitarios estén capacitados para identificar y abordar estas diferencias.

Hay estudios que han demostrado que existen diferencias significativas en la salud entre hombres y mujeres, no solo en relación con la biología sino también por factores sociales. Las estadísticas reflejan disparidades en la salud basadas en el género. Por ejemplo, las mujeres tienden a ser diagnosticadas más tarde que los hombres en el infarto de miocardio. Esto se debe, en parte, a la falta de reconocimiento de los síntomas en las mujeres, que a menudo son diferentes a los de los hombres. Asimismo, las condiciones específicas de salud de las mujeres, como el embarazo y la menopausia, requieren un enfoque especializado que considere su contexto único.

Algunas enfermedades pueden manifestarse de manera diferente en hombres y mujeres, lo que puede llevar a diagnósticos erróneos o retrasos en el tratamiento. Por ejemplo, en el caso de enfermedades cardíacas, las mujeres pueden presentar síntomas atípicos que no son reconocidos inmediatamente como graves.

Hay enfermedades que muestran una clara relación con el género, y su prevalencia puede verse influenciada por diferentes variables, por ejemplo:

Las enfermedades crónicas, como la diabetes y las enfermedades cardiovasculares, afectan a hombres y mujeres, pero tienen diferentes tasas de mortalidad y prevalencia.

La salud mental también es un área en la que la perspectiva de género tiene un impacto significativo. Las mujeres son más propensas a experimentar trastornos de ansiedad y depresión, a menudo relacionados con la carga de responsabilidades familiares y laborales, así como con la violencia de género. Al mismo tiempo, los hombres pueden ser menos propensos a buscar ayuda debido a estigmas de masculinidad que asocian la vulnerabilidad emocional con debilidad.

Las enfermades infecciosas, como el VIH/SIDA, muestran también grandes disparidades de género. En muchas regiones del mundo, las mujeres tienen un acceso desigual a la educación y los servicios de salud, lo que limita su capacidad para protegerse de infecciones. Estas enfermedades pueden tener más impacto en las mujeres.

La violencia de género es otro factor importante que impacta en la salud de las mujeres. La violencia física, sexual y psicológica puede traducirse en una serie de problemas de salud, incluyendo: problemas físicos inmediatos y a largo plazo, trastornos de salud mental, como la depresión y el trastorno de estrés   postraumático (TEPT) y problemas reproductivos, incluyendo complicaciones durante el embarazo.

La atención a estas problemáticas debe ser integral, considerando las necesidades específicas de las mujeres que sufren violencia.

El reconocimiento de la perspectiva de género en políticas de salud es clave para abordar las desigualdades. Las políticas deben incluir enfoques que no solo reconozcan las diferencias biológicas entre géneros, sino que también apunten a las desigualdades sociales que afectan la salud.

Es importante seguir trabajando en:

Educación y sensibilización. Mediante programas que informen a la ciudadanía sobre la importancia de la salud y el acceso a los servicios, especialmente en comunidades donde la educación es limitada.

Acceso equitativo a la atención sanitaria. Debemos garantizar que hombres y mujeres tengan el mismo acceso a los servicios de salud, incluyendo atención preventiva, tratamiento y seguimiento de la enfermedad.

Formación de los profesionales. Debe incluir la perspectiva de género como un componente clave. Esto implica no solo educar sobre las diferencias biológicas entre sexos, sino también sobre cómo las normas y roles de género pueden influir en la salud.

Comunicación. Capacitar a los/las profesionales para que se comuniquen de manera efectiva con pacientes de todos los géneros, sean sensibles a sus experiencias y necesidades.

Procesos. Cuando revisemos y actualicemos los protocolos y los procedimientos debemos asegurar que consideren las necesidades específicas de mujeres y hombres.

Investigación inclusiva. Tradicionalmente, la investigación médica ha estado dominada por estudios realizados en hombres, lo que ha llevado a un sesgo en los tratamientos y resultados de salud. Incluir a las mujeres en ensayos clínicos y estudios significa reconocer y comprender las diferencias en la respuesta al tratamiento, los efectos secundarios y la eficacia de los medicamentos.

Debemos fomentar la investigación que considere la variable de género para entender mejor las diferencias en la enfermedad y en la respuesta al tratamiento.

Además, es importante que la investigación incluya la voz de las mujeres. Esto se puede lograr facilitando espacios donde las mujeres puedan compartir sus experiencias y necesidades de salud.

Debemos ir hacia una medicina centrada en el género para que tenga un impacto positivo en la salud de la ciudadanía. Por ejemplo, al abordar la salud sexual y reproductiva desde una perspectiva femenina, se pueden mejorar los resultados en relaciones de pareja, salud mental y bienestar general. Las mujeres que reciben atención sanitaria adecuada tienden a estar más empoderadas y, por lo tanto, a tomar decisiones más informadas sobre su salud.

Además, un enfoque de género en la salud también beneficia a los hombres al ampliar su comprensión sobre la salud, las relaciones y la paternidad, y así fomentamos una visión más integral y saludable en todas las facetas de la vida.

Es evidente que la inclusión de una perspectiva de género en el ámbito sanitario es clave para ofrecer una atención equitativa y de calidad.

Al construir un sistema de salud más inclusivo, se aborda las necesidades específicas de las mujeres, y también se promueve un entorno donde todas las personas enfermas, independientemente de su género, puedan recibir la atención que merecen.

Tener una mirada femenina en la salud apoya los derechos de las mujeres y también contribuye a construir un mundo más justo alineado a la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible: ODS 3 Salud y Bienestar, ODS 4 Educación de Calidad, ODS 5 Igualdad de Género, ODS 10 Reducción de las Desigualdades y ODS 16 Paz, Justicia e Instituciones Sólidas.

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