Ando enfrascada últimamente en la lectura de una novela de ficción histórica, El cirujano de almas, en la que el autor, Luis Zueco, nos transporta a la España de finales del siglo XVIII y principios del XIX y hace un bonito reconocimiento a la profesión médica en general y a la cirugía en particular. Entre otros aspectos, ilustra la formación de médicos, barberos y cirujanos en aquella época que giraba en torno al descubrimiento de principios elementales de higiene y desinfección. En aquellos tiempos, la diferencia entre la vida y la muerte se definió en parte por la capacidad de mantener limpios tanto los instrumentos como los entornos de atención. Esta enseñanza, que marcó de manera fundamental la historia de la medicina, encuentra hoy su paralelismo en el ámbito digital: así como la higiene física salvó y salva vidas incontables, la “higiene”, la claridad y limpieza de los datos se ha convertido en un componente esencial para la toma de decisiones acertadas en el ámbito sanitario.

En el sistema sanitario actual, cada dato, ya sea un diagnóstico, un resultado de laboratorio o un registro administrativo, forma parte de un entramado vital para la atención y seguridad del paciente. La precisión y limpieza de esta información son tan cruciales, como lo fue otrora y lo sigue siendo hoy en día, el lavado de manos y la esterilización de instrumentos. Con la transformación digital y la creciente dependencia de tecnologías como la Inteligencia Artificial, asegurar la integridad de los datos se ha convertido en crucial para evitar errores que pueden tener consecuencias reales en la vida de las personas.

En pleno siglo XXI nadie cuestiona la importancia del lavado de manos o la esterilización del instrumental en un quirófano. Sin embargo, en el mundo digital de la sanidad, aún queda un enemigo silencioso: la falta de higiene del dato. ¿Cuántas veces un profesional sanitario se encuentra con historias clínicas duplicadas o falta de registros relevantes, errores en indicaciones o diagnósticos mal codificados? Como aquellos cirujanos de antaño que ignoraban la importancia de la limpieza, muchos aún subestiman el impacto de la calidad del dato en la gestión clínica.

No es solo una cuestión de eficiencia administrativa. La calidad del dato impacta directamente en la toma de decisiones gestoras, médicas y en la seguridad del paciente. Numerosos estudios y publicaciones nos sugieren evidencias respecto a errores en la codificación de enfermedades que aumentan el riesgo de diagnósticos incorrectos y tratamientos inadecuados. En cualquier sistema sanitario, donde la interoperabilidad de los sistemas de información sigue representando un reto, una mala gestión del dato puede generar duplicidades en pruebas diagnósticas, retrasos en tratamientos y, en última instancia, perjuicios para el paciente.

‘La higiene del dato no es solo una cuestión de orden, sino de seguridad y confianza’

Pensemos en la cantidad de información que se genera a diario: informes y notas clínicas, resultados de laboratorio, registros de farmacia, evolución de pacientes, solicitudes de interconsultas, etc. Un solo error o la ausencia de un dato crítico puede tener consecuencias importantes. ¿Cómo aseguramos entonces la higiene de estos datos?  Quizá una parte de la solución pueda ser haciendo de cada profesional, de cada uno de nosotros, un guardián del dato.

La calidad del dato no es solo responsabilidad de los sistemas informáticos o de los gestores. Cada profesional sanitario, desde el profesional médico que introduce un diagnóstico hasta el administrativo que registra una cita, es un eslabón en la cadena de higiene del dato. La precisión, el rigor y la actualización de la información son tan esenciales como el lavado de manos antes de una cirugía.  Las regulaciones, los procedimientos establecidos, no bastan si no hay una cultura del dato. Si en un hospital nadie se cuestiona la necesidad de desinfectar una superficie antes de una intervención, ¿por qué no aplicar la misma rigurosidad a la calidad de los registros sanitarios?

Hoy en día nos encontramos con un escenario en el que la Inteligencia Artificial o el big data prometen revolucionar la medicina. Pero aquí surge un nuevo reto: ¿cómo podemos confiar en algoritmos que se nutren de datos incorrectos o incompletos?

Imaginemos que los hospitales fueran cocinas de alta gastronomía. Un chef, por muy capaz que sea, no puede preparar un plato exquisito si los ingredientes están en mal estado o faltan los fundamentales. Del mismo modo, un sistema de IA que analiza datos erróneos generará predicciones defectuosas y, peor aún, decisiones fallidas. La higiene del dato no es solo una cuestión de orden, sino de seguridad y confianza.

Así como en el pasado se logró instaurar el lavado de manos como un estándar inquebrantable en la medicina, hoy nuestra sanidad necesita consolidar una cultura del dato limpio. Porque en la gestión sanitaria, como en la salud misma, la prevención siempre será mejor que la cura.