No soy médico, solamente soy un paciente más, y cada vez encuentro más noticias de fallecimientos producidos por el SDMO (Síndrome de Disfunción Multiorgánica) o fracaso orgánico múltiple, que tiene lugar cuando varios órganos del cuerpo fallan y al final uno no sabe cuál es el que ha fallado más, aunque la consecuencia final sigue siendo la misma, desgraciadamente.

El SDMO se define como un “fallo multiorgánico o síndrome que involucra el fracaso de varios órganos simultáneamente o de forma progresiva, tiene etiopatogenia (origen y desarrollo) multifactorial, cuadro clínico variado, medios diagnósticos tempranos escasos con una mortalidad muy alta y hasta ahora, sin un tratamiento específico”.

Leyendo sobre el SDMO he aprendido que a veces el origen está en una pequeña infección, en una neumonía o en cualquier virus o bacteria que anda pululando por ahí, provocando que un órgano afectado afecte a otro y así sucesivamente hasta que se produce el fallo definitivo de uno de los órganos que, finalmente, provoca el fatal desenlace. Por eso, en estos casos no suele especificarse el concreto órgano causante de la muerte, sino que se da una descripción general, fracaso orgánico múltiple, que engloba todo.

No siempre el desenlace es fatal si se coge a tiempo, se somete al paciente al tratamiento correcto con la farmacología adecuada o con la cirugía precisa, pudiendo incluso llegar a salir del trance más protegido y fuerte, o menos debilitado. Saber esto es tranquilizador para los hipocondríacos como yo, que necesitamos hacernos revisiones de casi todo periódicamente, porque a uno le deja más tranquilo saber que se va a morir de algo concreto, pero de algo múltiple e inespecífico… parece como algo residual, sin importancia, morirse por una tontería, ¿no?, y ya que uno se muere que sea por algo potente, transcendental.

En cualquier caso, no me quito de la cabeza el paralelismo que voy encontrando entre SMDO y el mundo empresarial, político, social y familiar. Veamos.

El mundo empresarial está en absoluta revolución; empresas que nacen y, sobre todo, empresas que fallecen y en las que podemos observar fallos multiorgánicos múltiples.

La muerte de una empresa no suele deberse a una única causa, es decir, al fallo de un solo órgano, pongamos por ejemplo, el plan comercial, sino que suele suceder que también falla el departamento de control, el de presupuestos, el de análisis de mercado, el de atención al cliente, y alguno otro más. Pero como no siempre es fácil identificar qué concreto departamento u órgano ha fallado y además los unos suelen echar la culpa a los otros, preferimos decir que ha sido por un fracaso orgánico múltiple, que en cualquier caso tiene como consecuencia que la empresa desaparezca, se divida o se venda.

Ojo, ¡también en las empresas pueden aparecer virus o bacterias en forma de directivos que contaminan uno o varios órganos o elementos y que, con el tiempo y si no se toman las medidas sépticas, quirúrgicas y precisas, también pueden llevar a la organización al fatal desenlace!

Los virus o bacterias no entienden de categorías, aunque tengan diferentes; esto significa que a veces una bacteria aparentemente inocua comienza su proceso de contaminación dando a diestro y siniestro sin importarle el órgano, departamento, área o empresa. Me refiero a ese compañero o compañera con el que nos cruzamos en el ascensor, en la fábrica, en el hospitalo en la oficina y que tiene algún virus como la envidia, la ambición, el catastrofismo, el egoísmo, la falta de profesionalidad y otros que el lector se pueda imaginar.

En la sociedad y en la política actual también hay órganos que están necesitados de una medicina preventiva intensa que promueva la asepsia de los políticos y de las instituciones para que no contaminen al resto de la sociedad.

Así, en clave española nos encontramos órganos contaminados que ni reconocen su enfermedad ni quieren someterse a las cirugías precisas para su saneamiento, y que no son conscientes del daño que producen a las personas que les soportan tanto económica como socialmente.

También en este apartado aparecen virus y bacterias muy contaminantes que van infectando al resto de los órganos que tienen por misión, poner orden y vida a los ciudadanos y a la sociedad y que, desgraciadamente, cuando se contaminan hacen que el desarrollo sostenible, político y social pueda llegar a fallecer por fracaso orgánico múltiple. Estoy seguro de que la imaginación de los lectores también les dará respuestas con nombres y apellidos.

¿Y en la familia? En nuestro país se producen cada año en torno a 100.000 separaciones de matrimonios o parejas. De hecho, una tercera parte de las cuales tiene lugar después de 20 años o más de matrimonio. Si tratamos de analizar las causas llegaremos a la conclusión de que no puede concretarse una específica sino que son diversas, como la infidelidad, los problemas de comunicación, los trastornos de personalidad, las dificultades económicas, los familiares entrometidos, las adicciones, o lo que recientemente se ha dado en llamar la “asimetría de poder”, entre otros factores.

En la mayor parte de los casos no suele existir solamente una causa, sino que, al igual que en los fracasos orgánicos múltiples, suelen ser varias las que hacen que al final se llegue a la defunción de la pareja. En ocasiones parece al principio que hay una sola causa principal, pero un análisis reflexivo y sereno suele llevar con el tiempo a concluir que dicha causa era más bien secundaria y, en todo caso, no la única.

También existen virus y bacterias familiares que contaminan de alguna manera la estabilidad y armonía de las familias. Elementos externos que, por interés o por ignorancia, contaminan alguno de los órganos familiares que a su vez derivan en fracasos orgánicos múltiples.

En medicina se define un “tratamiento” como el conjunto de medios (higiénicos, farmacológicos, quirúrgicos u otros) cuya finalidad es la curación o el alivio de las enfermedades o síntomas.

En el caso de los fallos orgánicos múltiples los tratamientos exigen reconocer y controlar las causas y sustituir la función del órgano dañado, además de los soportes metabólicos y hemodinámicos, con lo que se mantiene con vida al paciente hasta la resolución de los problemas o hasta su fallecimiento. Reconocer en la empresa, en la sociedad o en la familia la causa del problema constituye un ejercicio de humildad y autoexamen necesarios para evitar que el mal se transmita a otros órganos y que el tratamiento sea cada vez más complicado, porque, aunque ya sabemos que mientras hay vida hay esperanza, el resultado final suele depender del tratamiento que se aplique. No obstante, los médicos consideran que “debido a la situación de falta de tratamientos con lo que se relaciona la alta mortalidad de la enfermedad, se piensa que el tratamiento debe consistir fundamentalmente en la prevención, por medio de la intervención clínica en los procesos de desarrollo del SDMO”.

Así que ya saben, más vale prevenir, que curar. En la empresa es necesario establecer las bases, las políticas, las filosofías (visión y misión) y los cuadros de mando adecuados para prevenir cualquier infección y su posterior expansión a otros órganos. A veces puede ser necesaria la cirugía para extirpar aquellos órganos dañados que no tengan reparación. También en este caso los trasplantes de nuevos órganos sanos son una magnífica solución. Y usar antibióticos o fármacos contundentes (…ya saben a qué me refiero) para aquellos virus o bacterias que sean contagiosos. En la sociedad y en la política es precisa la participación de los individuos en los órganos de decisión por acuerdo y no por confrontación, utilizando los medios universalmente establecidos para ello.

Cuando se detecten síntomas de enfermedad en cualquier organismo, rápidamente se debe intervenir quirúrgicamente antes de que se contaminen otros órganos, ya que en estos colectivos la propagación es rapidísima y sus consecuencias imprevisibles. Desgraciadamente en estos casos la farmacología no cura del todo, sino que suele prolongar la agonía de los órganos durante el tiempo que puedan llegar a sobrevivir sin importarles los resultados de su funcionamiento, hasta que llegue el momento de su fallecimiento, con la seguridad de que su pérdida no será añorada. Aquí es particularmente importante la fase de prevención, en la que la asepsia y los análisis clínicos en profundidad, si bien no son garantía para evitar futuras contaminaciones, al menos darán algo más de tranquilidad a los ciudadanos cuando tengan que tomar decisiones universales.

En cuanto al ámbito personal y familiar, la verdad es que uno no elige a la familia en la que nace, pero sí tiene el poder de construir la familia que quiere tener y de elegir a los amigos y a las personas con los que quiere compartir parte de su vida. Las relaciones entre los amigos y los familiares deberían estar vacunadas frente a la envidia, la arrogancia y aquellos virus o bacterias que infectan a las personas y las llevan a situaciones de enfrentamientos o rupturas. En estos casos la amputación o el reemplazo de órganos siempre deja cicatrices que tardan más o menos tiempo en cerrarse, dependiendo de la gravedad del daño y de la contaminación que haya podido extenderse a otros órganos de la familia.

Ya saben, en sus manos está contribuir a reducir el número de fallecimientos empresariales, sociales y familiares causados por fracasos orgánicos múltiples con actitudes y comportamientos que impliquen una buena prevención, asepsia, vacunas perfectamente eficientes, cirugía de precisión, implantes transhumanistas o trasplantes de órganos.