¿Qué OMS necesita el mundo en 2027?
De 1948 a 2027: una oportunidad para renovar la cooperación sanitaria internacional
Hay decisiones que adquieren una importancia que va mucho más allá del nombre de la persona que finalmente ocupa un determinado puesto. La elección del próximo director general de la Organización Mundial de la Salud pertenece, sin duda, a esta categoría.
En mayo de 2027, la Asamblea Mundial de la Salud tendrá que elegir a quien dirigirá la Organización durante los próximos cinco años. El mandato del actual director general, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, finalizará el 15 de agosto de 2027 y el nuevo director general comenzará sus funciones al día siguiente. El proceso de elección ya está en marcha y el pasado 24 de septiembre terminó el plazo establecido para la presentación de candidaturas. En enero de 2027, el Consejo Ejecutivo realizará la preselección y nominará hasta tres candidatos para que la Asamblea Mundial de la Salud adopte la decisión definitiva.
Pero detrás de este procedimiento, de las reuniones y de los nombres que iremos conociendo con mayor detalle durante los próximos meses, hay una cuestión que me parece todavía más interesante: ¿Qué OMS necesita el mundo en 2027?
No es una pregunta sencilla. Tampoco debería responderse únicamente desde Ginebra. Afecta directamente a los gobiernos, a los sistemas sanitarios, a los profesionales, a las universidades, a la comunidad científica, a las organizaciones sociales y, en último término, a quienes reciben cada día atención sanitaria en algún lugar del mundo.
La OMS fue creada para servir a las personas. Conviene no olvidarlo cuando hablamos de una organización que, por la naturaleza de su trabajo, está obligada a moverse entre grandes decisiones políticas, documentos técnicos, presupuestos y complejas negociaciones internacionales.
Al final de todo ese proceso hay siempre una persona.
Una organización nacida para un mundo que ya no existe
Cuando la Constitución de la OMS entró en vigor en 1948, el mundo acababa de atravesar una de las etapas más traumáticas de su historia. La creación de nuevas instituciones internacionales respondía entonces a una necesidad evidente: encontrar espacios estables de cooperación entre países y evitar que determinados problemas quedaran exclusivamente sometidos a la voluntad o a las posibilidades de cada Estado.
La salud era, y sigue siendo, uno de esos problemas.
La idea fundamental era bastante sencilla: hay cuestiones sanitarias que ningún país puede resolver completamente por sí solo. Esa idea mantiene hoy toda su vigencia, aunque el mundo para el que fue diseñada la Organización haya cambiado profundamente.
En estos casi ochenta años hemos asistido a transformaciones científicas y sociales extraordinarias. Han aparecido tratamientos que han cambiado el pronóstico de enfermedades que antes eran prácticamente una sentencia. Las vacunas han evitado millones de muertes. La investigación biomédica ha alcanzado niveles que difícilmente podían imaginarse en 1948. La información científica puede viajar hoy de un continente a otro en cuestión de segundos.
Y, sin embargo, algunos problemas fundamentales continúan acompañándonos.
La desigualdad sanitaria sigue siendo una realidad. Millones de personas no tienen acceso suficiente a servicios básicos. Las enfermedades no transmisibles representan una enorme carga para los sistemas de salud. La resistencia a los antimicrobianos amenaza con complicar tratamientos que durante décadas hemos considerado casi rutinarios. El cambio climático está modificando las condiciones en las que vivimos y también las enfermedades a las que estamos expuestos.
A todo ello se suman las crisis humanitarias, los conflictos, los desplazamientos de población y el riesgo permanente de nuevas emergencias sanitarias.
El mundo se ha hecho más complejo y, al mismo tiempo, más interdependiente.
Una infección que aparece en un lugar determinado puede cruzar fronteras en pocas horas. Una interrupción en una cadena de suministro puede afectar a hospitales situados a miles de kilómetros. Una innovación científica desarrollada en un laboratorio puede tardar demasiado en llegar a quienes más la necesitan.
La salud mundial ya no puede entenderse únicamente desde una perspectiva nacional. Y ahí es donde la existencia de una organización como la OMS continúa teniendo sentido.
No porque la Organización pueda resolver por sí sola todos estos problemas. No puede. Su capacidad depende en buena medida de la voluntad política, de la cooperación y de los recursos que los propios Estados Miembros estén dispuestos a aportar.
Precisamente por eso la elección de 2027 debería ser también una oportunidad para hablar de esa relación. De qué esperamos de la OMS, pero también de qué estamos dispuestos a hacer para que pueda cumplir adecuadamente la función que le hemos encomendado.
La salud mundial ha cambiado y la OMS también debe hacerlo
Quizá uno de los grandes desafíos de la próxima etapa sea conseguir que la Organización evolucione con la misma rapidez con la que está cambiando el mundo.
La OMS dispone de algo que no se construye de un día para otro: experiencia, conocimiento acumulado, presencia internacional y capacidad para reunir alrededor de una misma mesa a países con realidades muy distintas. Pero una institución internacional no puede vivir solamente de su historia. Tiene que demostrar su utilidad en cada nueva etapa.
Creo que la OMS necesita estar cada vez más cerca de los países y de sus sistemas sanitarios.
Las grandes decisiones internacionales son necesarias, pero adquieren verdadero sentido cuando consiguen traducirse en algo concreto. En una mejor atención primaria. En un programa de vacunación que llega a una comunidad que antes quedaba fuera. En una política que consigue reducir una enfermedad prevenible. En un profesional que dispone de mejores herramientas para atender a sus pacientes.
La salud mundial también se decide ahí.
A veces existe una cierta distancia entre el lenguaje de las grandes instituciones internacionales y la realidad cotidiana de quienes trabajan en salud. Es una distancia que merece la pena reducir.
Una recomendación puede ser técnicamente impecable y, sin embargo, resultar difícil de aplicar en determinados contextos. Un programa puede funcionar perfectamente en un país y necesitar modificaciones importantes en otro. Las circunstancias económicas, culturales, sociales y territoriales cuentan.
Por eso, cuando pensemos en la OMS del futuro, deberíamos preguntarnos no solamente qué nuevas iniciativas queremos poner en marcha, sino también cómo conseguir que lo que ya sabemos llegue realmente a las personas.
La tecnología ofrece oportunidades enormes. La inteligencia artificial, la genómica, las nuevas vacunas, la medicina personalizada y las herramientas digitales están transformando la práctica sanitaria. Pero el progreso tecnológico no debería medirse únicamente por lo que somos capaces de hacer, sino también por quién puede beneficiarse de ello.
La innovación sanitaria tiene sentido cuando mejora la salud.
Y, sobre todo, cuando no convierte la desigualdad económica en una desigualdad todavía mayor en el acceso a los avances científicos.
Hay otro aspecto que me parece importante. Una organización internacional tiene que ser capaz de aprender. La OMS ha acumulado durante décadas una experiencia extraordinaria, pero esa experiencia solamente resulta útil si permite reconocer qué funciona, qué necesita modificarse y qué nuevas respuestas exige cada circunstancia.
Las instituciones que perduran no son necesariamente las que cambian todo constantemente. Son aquellas capaces de conservar sus principios fundamentales mientras modifican la manera de responder a los problemas.
En salud esto resulta especialmente evidente.
La pandemia nos recordó que disponer de sistemas de vigilancia eficaces, capacidad científica y profesionales preparados es fundamental. También mostró que cuando los sistemas sanitarios son frágiles, las crisis terminan afectando antes y con mayor intensidad a las personas más vulnerables.
Por eso, fortalecer los sistemas de salud no debería entenderse únicamente como una cuestión técnica. Es también una forma de proteger a las sociedades.
La atención primaria tiene aquí un papel fundamental. Cuando existe una red de atención primaria próxima, accesible y bien organizada, el sistema sanitario dispone de una primera línea capaz de prevenir, detectar y atender muchos problemas antes de que se conviertan en situaciones más graves.
En ocasiones hemos tendido a identificar el progreso sanitario con los grandes hospitales, los equipamientos más avanzados o las tecnologías más sofisticadas. Todo ello es importante. Pero hay otro progreso, menos visible y quizá menos espectacular, que consiste en conseguir que una persona pueda recibir una atención adecuada cerca de su domicilio, que una enfermedad sea detectada a tiempo o que un problema de salud pueda prevenirse antes de aparecer.
Ese trabajo cotidiano también es salud mundial.
De las grandes declaraciones a la realidad de las personas
Hay otra cuestión que considero inseparable del futuro de la salud mundial: la prevención.
Durante mucho tiempo hemos construido sistemas sanitarios extraordinariamente eficaces para tratar la enfermedad. Es uno de los grandes logros de nuestras sociedades. Pero seguimos llegando demasiadas veces cuando el problema ya está presente.
Prevenir significa actuar antes.
Significa prestar atención a la alimentación, al ejercicio, al tabaquismo, al alcohol, a la calidad del aire, a la vivienda, a las condiciones de trabajo, a la educación y a tantos factores que influyen en la salud mucho antes de que una persona entre en un hospital.
La salud no comienza en el hospital.
Comienza en la infancia. En la familia. En la escuela. En el barrio. En el lugar de trabajo. En las condiciones económicas y sociales en las que cada persona desarrolla su vida.
Esta manera de entender la salud resulta especialmente importante ante el cambio climático. El aumento de las temperaturas, la contaminación, los fenómenos meteorológicos extremos, la disponibilidad de agua o determinadas transformaciones en los ecosistemas tienen consecuencias que terminan apareciendo también en los sistemas sanitarios.
Salud y medio ambiente están mucho más unidos de lo que a veces queremos reconocer.
Pero hay algo que no deberíamos perder de vista entre estadísticas, indicadores y grandes estrategias: detrás de cada dato existe una historia humana.
Cuando hablamos de mortalidad estamos hablando de personas. Cuando hablamos de enfermedades prevenibles estamos hablando de familias. Cuando hablamos de desigualdad sanitaria estamos hablando de oportunidades diferentes para vivir, enfermar y recuperarse.
Esa perspectiva humana debería acompañar siempre a la política sanitaria.
También hemos aprendido mucho de las grandes emergencias sanitarias de los últimos años. Una pandemia no puede prepararse cuando comienza. La preparación se construye antes, mediante sistemas sanitarios sólidos, vigilancia epidemiológica, capacidad científica, producción y disponibilidad de suministros, profesionales preparados y mecanismos eficaces de cooperación.
Pero las emergencias no son únicamente las epidemias.
Los conflictos, los desplazamientos de población, las catástrofes naturales y las crisis humanitarias colocan a millones de personas en situaciones de enorme vulnerabilidad. En esos contextos, mantener los servicios sanitarios esenciales puede ser tan importante como desarrollar nuevas tecnologías.
La OMS tendrá que seguir teniendo capacidad para responder a ambas realidades: a los grandes desafíos internacionales y a las necesidades concretas de los países.
Y deberá hacerlo cuidando un elemento que resulta cada vez más valioso: la confianza.
Durante mucho tiempo hemos hablado de recursos, profesionales, medicamentos, vacunas o infraestructuras. Sin embargo, una sociedad puede disponer de buenos servicios sanitarios y tener dificultades para utilizarlos adecuadamente si existe una profunda desconfianza hacia las instituciones o hacia la información que recibe.
La confianza no se decreta. Se construye poco a poco y puede perderse rápidamente.
La comunicación científica debe ser comprensible. No siempre será posible ofrecer certezas inmediatas y, precisamente por eso, habrá que explicar mejor qué sabemos, qué desconocemos y por qué las recomendaciones pueden cambiar cuando aparece nueva evidencia.
Esto es especialmente importante en momentos de crisis.
Cuando una población tiene miedo, la información compite con los rumores, la desinformación y los mensajes simplificados. Una institución sanitaria internacional no puede limitarse a publicar documentos técnicos. Tiene que ser capaz de explicar.
Y explicar bien no significa simplificar hasta perder el rigor. Significa encontrar una manera de hacer comprensible el conocimiento sin deformarlo.
Creo que este será uno de los grandes desafíos de la próxima década.
La salud mundial necesitará cada vez más ciencia, pero también necesitará personas capaces de comunicar esa ciencia con claridad y honestidad.
2027: seis candidaturas, seis experiencias profesionales
En este contexto se desarrollará la elección de 2027. A fecha de hoy, la OMS reconoce como futuros candidatos a seis personas: Hanan Mohammed Al-Kuwari, propuesta por Qatar; Hanan Balkhy, propuesta por Arabia Saudita; Hans Henri P. Kluge, propuesto por Bélgica; María P. Neira, propuesta por España; Budi Gunadi Sadikin, propuesto por Indonesia; y Gevorg Tamamyan, propuesto por Botswana. La propia Organización señala que se trata todavía de futuros candidatos y que esta situación se actualizará cuando se produzca la publicación oficial de candidaturas y propuestas.
Son seis trayectorias diferentes y, precisamente por ello, resulta interesante observar qué experiencias profesionales están presentes en esta elección.
Hanan Al-Kuwari cuenta con una amplia trayectoria en la gestión sanitaria de Qatar y ha ocupado responsabilidades de dirección en instituciones sanitarias y en el Ministerio de Salud Pública de su país.
Hanan Balkhy procede del ámbito de las enfermedades infecciosas y la salud pública y ha desarrollado una importante trayectoria internacional vinculada a la Organización Mundial de la Salud y a la región del Mediterráneo Oriental.
Hans Henri P. Kluge conoce desde dentro la Organización después de una larga carrera en ella y ocupa desde 2020 la dirección regional de la OMS para Europa. Su trayectoria está relacionada, entre otros ámbitos, con los sistemas sanitarios, la atención primaria y la cooperación con los países.
Budi Gunadi Sadikin, actual ministro de salud de Indonesia, aporta un recorrido profesional que incluye responsabilidades en el sector financiero y empresarial antes de incorporarse a la gestión pública sanitaria.
Gevorg Tamamyan, médico especializado en oncología pediátrica, aporta experiencia en salud infantil y enfermedades no transmisibles, además de una trayectoria relacionada con contextos en los que la equidad en el acceso a la atención sanitaria tiene una importancia especial.
Y está María P. Neira, propuesta por España, con una larga trayectoria profesional en la OMS y un trabajo especialmente relacionado con la salud pública, la prevención, el medio ambiente y el cambio climático.
Conozco profesionalmente a María Neira y he tenido ocasión de compartir espacios de trabajo con ella. Es una relación que, precisamente por ser profesional, considero que debe mencionarse con naturalidad y transparencia. Al mismo tiempo, creo que el proceso merece ser observado con respeto hacia todas las candidaturas y atendiendo a las propuestas que cada una presente.
Todavía queda camino por recorrer antes de la decisión final.
La propia OMS establece que los nombres y las propuestas serán publicados oficialmente después de la última reunión de un comité regional, prevista a comienzos de noviembre de 2026. Antes de ese momento, la Organización puede reconocer públicamente a personas como futuros candidatos, que es la situación actual de los seis nombres que aparecen en su página.
El proceso contempla además distintos espacios para que los Estados Miembros puedan conocer las propuestas. El primer foro de candidatos está previsto para el 18 de noviembre de 2026 y el segundo para el 15 de marzo de 2027. También está previsto un foro en línea durante noviembre.
Será interesante escuchar qué visión plantea cada candidatura sobre el futuro de la Organización.
Porque, llegado ese momento, los nombres serán solamente una parte de la historia. Importarán las propuestas, la capacidad de explicar prioridades, la experiencia acumulada y la forma de entender una institución cuya responsabilidad alcanza prácticamente todos los ámbitos de la salud pública internacional.
Después de la elección empieza el verdadero trabajo
Existe una cierta tendencia a concentrar toda la atención en el día de la elección. Es comprensible. El proceso electoral tiene una enorme relevancia y el nombramiento del próximo director general marcará el comienzo de una nueva etapa.
Pero el verdadero examen llegará después.
Llegará cuando haya que transformar un programa de trabajo en decisiones concretas. Cuando haya que establecer prioridades presupuestarias. Cuando haya que decidir dónde concentrar los esfuerzos de la Organización. Cuando haya que responder a una nueva emergencia o cuando haya que explicar a los Estados Miembros por qué determinadas cuestiones necesitan más atención que otras.
Será entonces cuando la capacidad de liderazgo tenga que combinarse con la capacidad de escuchar.
Una organización como la OMS no puede ser dirigida únicamente desde los despachos. Necesita conocer lo que sucede sobre el terreno y mantener una relación permanente con quienes trabajan directamente en salud.
También tendrá que encontrar un equilibrio entre urgencia y perspectiva.
Hay problemas que exigen respuestas inmediatas. Otros necesitan diez o veinte años de trabajo continuado. La prevención, la formación de profesionales, la investigación o la transformación de los sistemas sanitarios no producen resultados de un día para otro.
Gobernar la salud mundial significa, en buena medida, aprender a trabajar en esos dos tiempos: responder a lo urgente sin abandonar aquello que será decisivo dentro de una década.
La próxima dirección tendrá además que mantener una conversación constante con los Estados Miembros. La OMS no es una institución separada de ellos. Es una organización internacional cuyo trabajo depende de la cooperación de sus miembros.
Esto tiene consecuencias.
La autoridad científica es necesaria, pero necesita ir acompañada de capacidad para escuchar las distintas realidades nacionales. La coordinación internacional es imprescindible, pero debe ser compatible con la comprensión de las circunstancias concretas de cada país.
Quizá por eso el liderazgo que necesita la OMS en los próximos años tenga que ser, ante todo, un liderazgo capaz de construir puentes.
Entre países. Entre ciencia y política. Entre instituciones y ciudadanía. Entre las grandes estrategias internacionales y la realidad cotidiana de los sistemas sanitarios.
Una OMS internacional, pero cercana a los países
La OMS tiene una característica que no debería perder: es una organización internacional construida sobre la cooperación entre sus Estados Miembros.
Esto puede hacer que en ocasiones sus procesos sean necesariamente complejos. Diferentes países tienen diferentes necesidades, recursos y prioridades. No siempre es fácil alcanzar acuerdos y, en determinadas circunstancias, las negociaciones pueden ser largas.
Pero esa diversidad también constituye una de las principales riquezas de la Organización.
La salud mundial no puede construirse desde una única perspectiva.
Europa tiene problemas sanitarios que no son exactamente los mismos que África. Los países del Pacífico afrontan circunstancias diferentes de las de América Latina. Las necesidades de los pequeños Estados insulares no son idénticas a las de los grandes países con cientos de millones de habitantes.
Una OMS verdaderamente internacional debe ser capaz de comprender esas diferencias sin perder de vista aquello que todos comparten.
Esto exige una relación cada vez más estrecha con los países y con las oficinas regionales y nacionales de la propia Organización.
La distancia entre la decisión internacional y la aplicación local debería ser lo más corta posible.
No porque todas las decisiones deban tomarse localmente, sino porque cualquier estrategia internacional necesita conocer las condiciones concretas en las que tendrá que desarrollarse.
Esta conexión entre lo global y lo local será, probablemente, una de las cuestiones más importantes para la OMS de los próximos años.
Una oportunidad para seguir avanzando juntos
Al final, quizá la pregunta inicial tenga una respuesta más sencilla de lo que parece.
¿Qué OMS necesita el mundo en 2027? Una OMS que siga siendo capaz de reunir.
Que reúna a países que no siempre piensan igual. A científicos y responsables políticos. A profesionales y gestores. A universidades y organizaciones sociales. A quienes desarrollan nuevas tecnologías y a quienes trabajan cada día para que esas tecnologías lleguen a las personas.
Una OMS que conozca las grandes cifras, pero que no olvide lo que hay detrás de ellas.
Una OMS que sea capaz de mirar hacia adelante sin perder de vista aquello que sigue siendo esencial: prevenir la enfermedad, proteger a las poblaciones, reducir las desigualdades y mejorar la vida de las personas.
Los Estados Miembros tendrán una responsabilidad decisiva en esa tarea. También la tendrán los profesionales sanitarios, las universidades, los investigadores, la sociedad civil y el conjunto de instituciones que participan, de una manera u otra, en la salud pública.
Nadie puede hacerlo solo.
Quizá esta sea una de las enseñanzas más importantes de la historia de la salud internacional. Los avances que hoy damos por sentados no fueron consecuencia de una única decisión ni de una sola institución. Fueron posibles porque muchas personas, desde lugares muy diferentes, encontraron motivos para cooperar.
En 1948 se creó una organización para un mundo que acababa de salir de una guerra.
En 2027 tendremos que pensar en una organización preparada para un mundo marcado por la interdependencia, la revolución tecnológica, el cambio climático, nuevas amenazas sanitarias y unas desigualdades que todavía no hemos conseguido superar.
No hace falta empezar de cero. Hace falta seguir construyendo.
Y hacerlo con una mirada suficientemente ambiciosa para reconocer que la salud del futuro dependerá de decisiones que tomemos hoy, pero también con suficiente humildad para entender que ninguna institución posee por sí sola todas las respuestas.
La elección del próximo director general será, sin duda, un momento importante. Pero será solamente el comienzo de una nueva etapa.
Después vendrá lo verdaderamente difícil: convertir las palabras en decisiones, las decisiones en políticas y las políticas en mejoras reales para las personas.
Ese trabajo corresponderá a muchos.
A los gobiernos. A los profesionales. A la ciencia. A las universidades. A las organizaciones sociales. A quienes desarrollan innovación. Y también a las propias comunidades.
Por eso prefiero mirar hacia 2027 con esperanza. No porque los problemas sean pequeños. Todo lo contrario. Sino porque tenemos más conocimiento, más experiencia y más capacidad científica que nunca.
Tenemos también algo que no deberíamos dar por supuesto: la posibilidad de cooperar. Quizá esa sea la verdadera oportunidad de 2027. No elegir solamente a una persona para dirigir una organización, sino volver a preguntarnos qué podemos hacer juntos. Y recordar que, cuando hablamos de salud mundial, ese “juntos” no es una palabra retórica. Es probablemente la única manera de avanzar.
La OMS nació en 1948 porque la comunidad internacional entendió que algunos problemas de salud exigían respuestas compartidas. Casi ochenta años después, esa necesidad continúa. Han cambiado las enfermedades, las tecnologías, las sociedades y las formas de comunicarnos, pero no ha desaparecido nuestra interdependencia. Al contrario, probablemente sea mayor que nunca.
La salud de una sociedad tiene consecuencias más allá de sus fronteras. La salud de las personas depende de factores que tampoco conocen fronteras. Y las soluciones, cada vez con mayor frecuencia, necesitan conocimiento, recursos y cooperación procedentes de muchos lugares.
Por eso, cuando llegue mayo de 2027, la elección será importante. Pero quizá lo sea todavía más lo que hagamos después con esa decisión.
La próxima etapa no tendrá que construirse únicamente desde Ginebra. Tendrá que construirse también desde los países, desde los sistemas sanitarios, desde las universidades, desde los centros de investigación, desde las comunidades y desde todos aquellos espacios donde cada día se trabaja para proteger y mejorar la salud.
No necesitamos una OMS idéntica a la de 1948, porque el mundo tampoco es el mismo. Necesitamos una OMS capaz de aprender de su historia sin quedar atrapada en ella. Una OMS que aproveche el conocimiento acumulado, pero que tenga el valor de cambiar aquello que ya no funciona. Una OMS que entienda que la innovación no consiste solamente en disponer de mejores tecnologías, sino también en encontrar mejores formas de trabajar juntos.
Y una OMS que recuerde, incluso en los momentos más difíciles, que detrás de cada política sanitaria hay personas. En 2027 comenzará una nueva etapa.
Será responsabilidad del próximo Director General, pero también de los Estados Miembros y de todos aquellos que formamos parte, de una manera u otra, de la comunidad de la salud.
Por eso creo que debemos mirar ese momento con exigencia, pero también con confianza.
La salud mundial tiene enormes dificultades por delante. Sería ingenuo pensar lo contrario.
Pero también contamos con algo que hace unas décadas no teníamos: una cantidad extraordinaria de conocimiento, una ciencia capaz de avanzar a una velocidad desconocida y una experiencia internacional que nos permite aprender de los errores y de los aciertos.
Tenemos, además, algo que sigue siendo imprescindible: la voluntad de cooperar. Quizá esa sea la verdadera oportunidad de 2027. No empezar de nuevo. Seguir avanzando juntos.
Porque el futuro de la salud mundial no lo construirá únicamente la OMS. Construiremos entre todos.
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