Mirar el conjunto para cuidar mejor

Last Updated: 15/10/2026By Tags:

Hay una idea que vuelve a menudo cuando pienso en cómo organizamos la salud: podemos hacer muy bien cada una de las partes del sistema y, aun así, no conseguir que el conjunto funcione como nos gustaría.

Quizás este sea uno de los grandes retos de nuestro sistema sanitario.

Porque cuando una persona necesita atención, no piensa en cómo está organizado el sistema. No piensa qué organización le corresponde, qué profesional debe atenderla o qué circuito hay detrás. Simplemente espera encontrar una respuesta.

Y esa respuesta, muchas veces, depende de la capacidad de personas y organizaciones diferentes de trabajar juntas, más allá de las fronteras que las separan.

Esta cuestión adquiere una especial relevancia en un contexto sanitario cada vez más complejo. El envejecimiento de la población, la cronicidad, la multimorbilidad, las nuevas necesidades de salud mental, la transformación tecnológica y la dificultad para disponer de determinados perfiles profesionales nos obligan a revisar la manera en que organizamos y utilizamos los recursos.

No parece razonable pensar que cada organización pueda responder por sí sola a todos estos retos.

La respuesta pasa, necesariamente, por una mayor capacidad de colaboración y por una visión más integrada del sistema.

Y esta mirada es especialmente importante cuando hablamos del territorio.

La salud no se construye únicamente dentro de los centros sanitarios. También se construye en los barrios, en los pueblos, en las escuelas, en los espacios comunitarios, en la vivienda, en la movilidad y en las redes de apoyo.

Por eso, incorporar la perspectiva territorial no debería ser una cuestión complementaria, sino una condición para planificar bien.

En este ámbito, los municipios tienen un papel especialmente relevante. Los ayuntamientos conocen de cerca a las personas y sus realidades. Conocen los cambios demográficos, las dificultades de accesibilidad, las situaciones de vulnerabilidad, las desigualdades y muchas necesidades que quizás todavía no han llegado al sistema sanitario.

Incorporar esta mirada no es simplemente sumar un actor más, es incorporar conocimiento al sistema.

También lo es escuchar a los profesionales que cada día están al lado de las personas. Son ellos quienes conocen los circuitos reales, las dificultades que no aparecen en los protocolos y, muchas veces, las oportunidades de mejora que todavía no hemos sabido ver.

De ahí que hablar de coordinación no debería limitarse a hablar de derivaciones.

‘Hablar de coordinación no debería limitarse a hablar de derivaciones’

Coordinar significa entender que lo que hacemos nosotros tiene consecuencias sobre lo que tendrá que hacer el otro. Significa compartir información, capacidad, conocimiento y responsabilidad. Significa construir confianza.

Y significa aceptar que, en ocasiones, una decisión que puede parecer buena para una organización puede no ser la mejor para el conjunto. Aquí es donde las alianzas adquieren todo su sentido.

Alianzas entre hospitales, entre la atención primaria y hospitalaria, con los servicios de emergencias, con los servicios sociales y con los municipios. Alianzas que permitan compartir capacidad y conocimiento, evitar duplicidades, aprovechar mejor las infraestructuras disponibles y generar respuestas más próximas y eficientes.

No se trata necesariamente de crear nuevas estructuras. En muchas ocasiones, se trata de utilizar mejor las que ya tenemos y hacer que trabajen de una manera diferente.

Esto requiere confianza, capacidad de diálogo y, también, voluntad para superar determinadas fronteras organizativas.

Porque una de las dificultades de los sistemas complejos es que cada organización tiene legítimamente sus propios objetivos, responsabilidades y recursos. El reto aparece cuando esos objetivos dejan de estar alineados con las necesidades del conjunto.

Por eso la eficiencia en salud merece también una mirada más amplia.

Hablar de eficiencia no debería significar simplemente hacer más con menos. Significa hacer mejor las cosas, poner los recursos allí donde aportan más valor y aprovechar mejor todo aquello que ya tenemos: profesionales, tecnología, infraestructuras, conocimiento y capacidad de organización.

La eficiencia también puede significar evitar que dos organizaciones hagan por separado aquello que podrían hacer juntas. O conseguir que una capacidad disponible en un lugar pueda ponerse al servicio de una necesidad existente en otro. O revisar circuitos que han ido acumulando complejidad con el paso del tiempo y que ya no responden a las necesidades actuales.

En definitiva, la eficiencia no debería entenderse únicamente como una cuestión económica, sino como una forma de generar más valor para las personas con los recursos de los que disponemos. Esto obliga a tomar decisiones.

Revisar maneras de hacer que quizás han funcionado durante años pero que ya no responden a las necesidades actuales. Preguntarnos si estamos aprovechando realmente las capacidades disponibles. Analizar si las fronteras entre organizaciones nos ayudan o, en ocasiones, nos limitan. No siempre es fácil.

Los cambios generan incertidumbre, afectan a intereses legítimos y requieren tiempo. Pero probablemente el reto no consiste en encontrar siempre respuestas perfectas, sino en crear las condiciones para que las decisiones sean compartidas, informadas y orientadas a aquello que realmente importa.

Y para eso hay que escuchar. Escuchar a los profesionales. A las organizaciones. A los municipios. Al territorio. Y, sobre todo, a las personas cuando nos muestran, a través de su experiencia, dónde funciona el sistema y dónde todavía tenemos margen para mejorar.

Quizás no necesitamos siempre más estructuras, más servicios o más piezas. Quizás necesitamos conectar mejor las que ya tenemos. Conectar conocimiento. Conectar capacidades. Conectar personas y organizaciones. Construir alianzas que permitan hacer juntos aquello que, por separado, quizás no podríamos hacer tan bien.

Esta mirada no implica renunciar a la responsabilidad de cada organización ni diluir las funciones de cada uno de los actores. Al contrario, Implica que cada uno pueda aportar lo mejor de sí mismo dentro de una visión compartida.

Porque el valor de un sistema sanitario no se mide únicamente por cómo funciona cada una de sus partes. Se demuestra cuando esas partes tienen que trabajar juntas.

Y quizás la pregunta más sencilla sea también la más importante: ¿Qué pasa cuando una persona necesita más de una de esas piezas a la vez?

Es en ese punto de encuentro —entre personas, profesionales, organizaciones y territorio— donde se pone realmente a prueba la capacidad de un sistema para cuidar.

Y también su capacidad para transformarse.

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