Lo que el sistema sanitario le debe a Enfermería

Last Updated: 01/07/2026By Tags:

 

Existe una imagen que muchas enfermeras reconocerán de inmediato. La escena transcurre en una reunión de dirección, en un comité clínico, en una rueda de prensa hospitalaria. Alguien habla en nombre del sistema sanitario. Alguien expone los datos, defiende los protocolos, toma la palabra ante el micrófono. Ese alguien, casi siempre, no es una enfermera. Y, sin embargo, fuera de esa sala, en las plantas, en los boxes de urgencias, en los domicilios de los pacientes crónicos, la Enfermería sostiene en silencio todo lo que esa reunión pretende gestionar.

Esta disonancia no es nueva. Pero se ha vuelto insostenible. La Enfermería española lleva décadas acumulando formación, evidencia científica y responsabilidad clínica a un ritmo que el sistema reconoce en los discursos, pero ignora sistemáticamente en los hechos. Lo que sigue es un intento de nombrar, con precisión y sin eufemismos, los mecanismos concretos por los que esa brecha se reproduce. Porque el primer paso para desmantelar una estructura injusta es describirla.

El conocimiento que no se financia

Todo empieza por ahí: por quién produce el conocimiento y quién decide qué merece ser investigado. La profesión enfermera genera el mayor volumen de actividad clínica del sistema sanitario, y sin embargo su participación como investigadora principal en proyectos del Fondo de Investigación Sanitaria es notablemente inferior a la de otras disciplinas. No porque le falte rigor, sino porque los institutos de investigación biomédica se han construido con una composición de liderazgo sesgada hacia la medicina clínica, y esa arquitectura determina qué líneas obtienen visibilidad, qué grupos acceden a las redes CIBER, qué perfiles tienen más probabilidades de superar una evaluación competitiva.

El resultado tiene consecuencias directas sobre los pacientes: la ciencia del Cuidado se produce en condiciones de desventaja, y eso empobrece la evidencia sobre la que se sustentan las decisiones del propio sistema. Nos dicen que la convocatoria está abierta a todos en igualdad de condiciones. Y es verdad en el papel. Pero la igualdad formal en el acceso no corrige la desigualdad estructural en la posición de partida.

Noventa nombres para 350.000 profesionales

Si la Enfermería no produce en igualdad de condiciones, tampoco decide en igualdad de condiciones. El informe que el Consejo General de Enfermería y la Asociación Nacional de Directivos de Enfermería presentaron en abril de 2025 ofrece un dato que debería generar incomodidad institucional: apenas noventa enfermeras ocupan cargos de alta responsabilidad en todo el territorio nacional —consejerías, direcciones generales, gerencias hospitalarias— en un colectivo de más de 350.000 profesionales. Según el Ministerio de Sanidad, solo el 3,4% de las mujeres enfermeras, que representan el 85,5% de la profesión, ocupa roles de gestión.

La estructura es circular y se retroalimenta: quienes no investigan en igualdad de condiciones tienen menos méritos reconocidos para acceder a la dirección; quienes no acceden a la dirección no pueden influir en los criterios con los que se evalúan esos méritos. El sistema delega en la Enfermería la ejecución de sus decisiones, y le niega sistemáticamente la posibilidad de tomarlas. No es un olvido. Es una arquitectura.

Llamadas por un nombre que ya no existe

Y si la arquitectura del poder sanitario invisibiliza a la Enfermería, el lenguaje la ancla en el pasado. El ayudante técnico sanitario desapareció jurídicamente con el Real Decreto 2128/1977, cuando las escuelas de ATS se integraron en las universidades. Han pasado casi cincuenta años. Y, sin embargo, en agosto de 2025, la Junta de Castilla y León aún seguía empleando el término ATS/DUE en convocatorias de procesos selectivos (este solo es un ejemplo de cómo la denominación obsoleta perdura). Fue necesaria la intervención formal del Consejo General de Enfermería para que la administración se comprometiera a corregirlo.

No es una cuestión semántica. La denominación define la categoría profesional, condiciona los procesos selectivos, genera confusión entre la ciudadanía y, sobre todo, invisibiliza cinco décadas de evolución académica y científica. Las enfermeras y enfermeros españoles no pueden seguir vinculados en documentos oficiales a una titulación de antes de la Constitución de 1978, ni si quiera ya a posteriores que no sean el Grado en Enfermería. Que en 2025 haya que recordárselo a una administración autonómica dice mucho sobre el lugar que ocupa esta profesión en la memoria institucional del Estado.

El sistema reconoce a la enfermería en los discursos e ignora sus derechos en los hechos

Doctoras a las que hay que recordarles que lo son

El lenguaje no solo ancla en el pasado: también distribuye el prestigio en el presente. España cuenta ya con cientos de enfermeras y enfermeros doctores, formados en programas de doctorado universitario de pleno derecho, con tesis defendidas y aportaciones científicas reconocidas. Y conviven, en sus propios centros de trabajo, con una paradoja que resulta difícil de explicar si no es desde el poder: el título de «doctor» o «doctora» se usa de forma coloquial —y a veces incluso en documentos institucionales— para referirse a cualquier médico, haya hecho o no el doctorado.

Una enfermera doctora, en cambio, debe reclamar activamente que se reconozca su titulación en el entorno donde trabaja. La misma denominación académica parece valer más o menos según quién la porte. Esto no es un malentendido: es una jerarquía simbólica con efectos muy concretos. Y se conecta directamente con lo anterior: si no se reconoce el conocimiento que produce la Enfermería, no es extraño que tampoco se reconozca el grado académico que lo acredita.

La ley dice una cosa. La práctica, otra

Podría pensarse que al menos en el plano normativo la situación está resuelta. No lo está. La Ley 44/2003 de Ordenación de las Profesiones Sanitarias reconoce a la Enfermería como profesión autónoma con competencias propias. Pero la práctica cotidiana en muchos centros sanitarios dice otra cosa. Las enfermeras y enfermeros siguen encontrando resistencias para ejercer en el pleno de sus competencias: la prescripción enfermera o las especialidades, reconocidas legalmente, se implementan de forma irregular según la comunidad autónoma; el desarrollo de la práctica avanzada choca con inercias organizativas que nadie tiene prisa por remover; la firma de determinados documentos clínicos sigue siendo objeto de disputas que la ley ya resolvió hace años.

La brecha entre el marco normativo y la realidad asistencial tiene un coste que no recae sobre las instituciones que la generan, sino sobre los pacientes, que reciben un cuidado menos eficiente, y sobre los profesionales, que ejercen por debajo de su cualificación y competencias. Un sistema que no implementa sus propias normas no tiene autoridad moral para hablar de calidad asistencial.

La cola de Europa, turno a turno

Todo esto ocurre en un contexto de escasez estructural que agrava cada una de las situaciones anteriores. España presenta 6,3 enfermeras por cada 1.000 habitantes, frente a una media comunitaria de 8,5. Somos uno de los países de la Unión Europea con peor ratio enfermera-población, y esa insuficiencia se traduce, inevitablemente, en sobrecarga asistencial, en menos tiempo por paciente, en más errores evitables, en más agotamiento profesional.

Esta realidad convive con tablas retributivas que no reflejan ni la complejidad ni la responsabilidad ni la formación que la profesión requiere hoy. Una enfermera con especialidad, con experiencia en UCI y con investigación acreditada ve reconocida toda esa trayectoria de forma muy limitada en su nómina. El sistema se beneficia de su cualificación y no la retribuye en consecuencia. Y cuando esa enfermera abandona la profesión o emigra, el sistema se sorprende de que falten enfermeras.

Una voz entre diez

Mientras todo esto sucede en los centros sanitarios, en los despachos donde se toman las decisiones que los afectan la situación no es mejor. Las comisiones que diseñan la política sanitaria, los consejos asesores, los comités técnicos… en todos ellos la representación de la Enfermería es minoritaria respecto a su peso real en el sistema. Se consulta a la profesión, pero no se la incorpora de forma sistemática a los procesos de toma de decisión estratégica.

El resultado es predecible: las políticas sanitarias se diseñan con un conocimiento parcial de la realidad asistencial, precisamente porque se prescinde de la perspectiva de quienes más tiempo pasan con los pacientes y más información tienen sobre sus necesidades. Una voz entre diez, sin peso en la presidencia ni en las comisiones permanentes, no garantiza que la perspectiva enfermera influya de forma determinante. Y sin esa influencia, el ciclo se cierra: las mismas estructuras que generan la desigualdad son las que deciden si se corrige.

El experto que no sale en los informativos

La exclusión de los espacios de decisión tiene su correlato en la exclusión de los espacios de comunicación. Cuando un hospital comunica un avance clínico, la portavocía recae casi siempre en un médico. Cuando los medios buscan un experto sanitario, llaman a un médico. La Enfermería aparece en la cobertura mediática fundamentalmente en dos registros: el homenaje emocional en las fechas señaladas (ese aplauso que se activa puntualmente y se olvida con la misma rapidez) y la denuncia sindical de condiciones laborales. La voz experta, analítica, propositiva de la profesión no llega con la misma frecuencia ni con el mismo peso al debate público.

Esto no es banal. La invisibilidad mediática condiciona la percepción social de la profesión, y esa percepción condiciona a su vez la voluntad política de transformar su situación. Es otro eslabón del mismo ciclo: sin presencia pública, sin influencia política; sin influencia política, sin cambio estructural.

El techo más alto: la universidad

Y si hay un lugar donde ese ciclo debería romperse es la universidad. Pero también ahí persiste el techo. La figura del catedrático de Enfermería sigue siendo escasa. El acceso a los órganos de gobierno universitario con peso real es limitado. Los departamentos de Enfermería en muchas universidades mantienen una posición subordinada respecto a las facultades de Medicina, con las que comparten recursos y espacios en condiciones que no siempre son de paridad. La investigación enfermera no siempre cuenta con el mismo respaldo institucional para publicar, captar fondos o desarrollar líneas propias.

La integración plena de la Enfermería en la universidad no se agota en la existencia de grados y másteres. Supone paridad en los órganos de decisión académica, reconocimiento de la investigación propia como ciencia de pleno derecho, y presencia en los espacios donde se define qué conocimiento merece ser producido y financiado. Mientras eso no ocurra, el techo universitario alimentará todos los demás.

Nombrar para transformar

Cada uno de estos techos tiene su propia historia, su propia explicación parcial, su propio responsable difuso. Ninguno, por separado, se presenta como discriminación deliberada. Pero el patrón que forman juntos es demasiado consistente para ser accidental. La investigación infrafinanciada produce menos doctoras; las doctoras no reconocidas acceden con más dificultad a los cargos directivos; quienes no dirigen no diseñan las políticas; quienes no diseñan las políticas no cambian los criterios de financiación. El círculo se cierra. Y dentro de él, más de 350.000 profesionales sostienen cada día un sistema que no termina de reconocerles lo que les debe.

La Enfermería española tiene formación, tiene evidencia científica, tiene presencia clínica y tiene representación institucional. Lo que le falta no es capacidad: es acceso. Acceso a los espacios donde se toman las decisiones que la afectan. Acceso a los recursos con los que se construye el conocimiento. Acceso al reconocimiento que merece, no solo en los discursos, sino en los convenios, en los organigramas, en los presupuestos y en el lenguaje con que el sistema se habla a sí mismo.

Nombrar todo esto no es un ejercicio de queja. Es un acto de rigor. Y también, quizás, el primer gesto necesario para que el sistema sanitario deje de depender del heroísmo callado de sus enfermeras y comience, de una vez, a invertir en su reconocimiento real.

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