En la vastedad de los anaqueles de nuestras farmacias, se yergue un pequeño frasco, discreto, casi anodino: Lexatin. Un nombre que resuena con familiaridad en los hogares españoles, un susurro que acompaña las noches de insomnio y los días de ansiedad. Y es que, en este país nuestro, donde el estrés se ha convertido en moneda corriente y la incertidumbre en compañera inseparable, el Lexatin ha encontrado un lugar privilegiado en el botiquín de muchos.

Según datos del Ministerio de Sanidad, España se sitúa a la cabeza de Europa en consumo de benzodiacepinas, la familia a la que pertenece el Lexatin. Uno de cada diez españoles consume estos fármacos a diario. Cifras que alarman y que invitan a la reflexión. ¿Qué nos lleva a buscar refugio en estas pequeñas píldoras que prometen la calma efímera? ¿Qué grietas en nuestro bienestar social y emocional estamos intentando tapar?

El Lexatin, cuyo principio activo es el bromazepam, es una benzodiacepina que actúa sobre el sistema nervioso central, potenciando el efecto del neurotransmisor GABA, que tiene un efecto inhibidor. Esto se traduce en una reducción de la ansiedad, la tensión muscular y el insomnio. Pero este efecto sedante no está exento de consecuencias. Su uso debería estar reservado para situaciones puntuales de ansiedad intensa, insomnio transitorio o como coadyuvante en el tratamiento de otras patologías. Sin embargo, hemos caído en la costumbre de recurrir a él ante cualquier contratiempo, ante el menor signo de estrés o malestar emocional.

Esta medicalización de la vida cotidiana tiene su origen en diversos factores. Por un lado, la presión social por mantener un ritmo de vida frenético, donde el descanso y la reflexión quedan relegados a un segundo plano. Por otro lado, la publicidad y la información sesgada que promueven la idea de que existe una solución farmacológica para cada problema. Y, por supuesto, la falta de una educación emocional que nos enseñe a gestionar nuestras emociones y a afrontar los desafíos de la vida de manera saludable.

Según datos de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC), el 60% de los pacientes que acuden a atención primaria presentan síntomas de ansiedad o depresión. Y de estos, un alto porcentaje solicita la prescripción de benzodiacepinas. «Doctor, no puedo dormir. Necesito algo fuerte». «Tengo una presentación importante y estoy muy nervioso, ¿podría recetarme Lexatin?». Estas son frases que resuenan con demasiada frecuencia en las consultas médicas. El paciente, impulsado por la ansiedad y la falta de información, busca en el Lexatin un remedio rápido, sin ser consciente de los riesgos que implica su consumo prolongado.

‘Es hora de replantearnos nuestra relación con los fármacos y de apostar por una salud mental integral’

Pero ¿qué estamos dejando de lado al recurrir al Lexatin como solución habitual? ¿Qué otras alternativas estamos ignorando? La respuesta no es sencilla, pero pasa por abordar las causas profundas de nuestro malestar. Por invertir en políticas de salud mental que garanticen el acceso a terapias psicológicas y psiquiátricas. Por promover hábitos de vida saludables que incluyan ejercicio físico, alimentación equilibrada y tiempo de ocio. Y, sobre todo, por tejer redes de apoyo social que nos permitan sentirnos acompañados y comprendidos.

Desde la perspectiva de la farmacia hospitalaria, donde el medicamento se observa en su vertiente más clínica y controlada, el Lexatin se presenta como una herramienta útil, pero también como un arma de doble filo. A corto plazo, alivia los síntomas de la ansiedad y el insomnio, permitiendo a quien lo toma recuperar cierto equilibrio. Pero a largo plazo, su uso continuado puede generar dependencia, tolerancia y una retahíla de efectos secundarios que oscurecen el horizonte de la salud.

Si continuamos por este camino, nos enfrentamos a un futuro sombrío. Un país anestesiado, dependiente de fármacos para afrontar la vida, con una población cada vez más vulnerable a los efectos secundarios y a la dependencia. Un sistema sanitario saturado, incapaz de hacer frente a la demanda de tratamientos para los trastornos mentales. Y, lo que es peor, una sociedad que ha olvidado cómo gestionar sus emociones y construir una vida plena y equilibrada.

Es imperativo que las autoridades sanitarias tomen medidas urgentes para revertir esta tendencia. Es necesario invertir en campañas de educación sanitaria que informen a la población sobre los riesgos del consumo de benzodiacepinas y promuevan alternativas terapéuticas más saludables. Asimismo, es fundamental fortalecer los servicios de salud mental, garantizando el acceso a terapias psicológicas y psiquiátricas de calidad. Porque no podemos olvidar que la responsabilidad no recae únicamente en las instituciones, el paciente también juega un papel crucial en la gestión de su salud mental.

Es hora de despertar del letargo. Es hora de replantearnos nuestra relación con los fármacos y de apostar por una salud mental integral, que incluya la prevención, la educación y el acceso a tratamientos eficaces.