El canto que el sistema escucha y no quiere oír

Last Updated: 30/09/2026By Tags:

En la Odisea Circe le dice a Odiseo lo que se avecina: las sirenas cantan una verdad que no se puede resistir, y muere todo aquel que las oye libremente. El peligro no está en la mentira (ellas prometen conocimiento, y lo cumplen), está en que el sistema (el barco, la tripulación, el rumbo previsto) no está hecho para soportar esa verdad.

Hay una escena que se repite cada año en la sanidad española con una regularidad que ya no debería sorprender a nadie. A lo largo del verano, el sistema contrata a miles de enfermeras para cubrir la sobrecarga estival y el merecido descanso de los profesionales que llevan todo el año trabajando sin tregua.

Las nuevas enfermeras llegan, cubren los huecos, mantienen la atención sanitaria y el sistema funciona. Luego llega septiembre, y se olvida que los que vuelven a cubrir sus puestos lo van a hacer otro año más al borde de sus fuerzas.

Sus contratos, concebidos como parche estacional, tienen fecha de vencimiento. El sistema las recibe durante tres meses… y luego se tapa los oídos.

Lo que el canto de las sirenas realmente dice

Dentro de los techos estructurales que limitan el desarrollo de la Enfermería española, hay una dimensión que merece un tratamiento aparte, porque tiene una urgencia que no aguanta a la espera del debate de fondo. La de los miles de profesionales que este mismo mes ven extinguirse su contrato, sabiendo que el servicio donde trabajaban seguirá necesitándolas mañana.

El canto de las sirenas en la Odisea no ofrece placer vacío, ofrece verdad. Y la verdad que la Enfermería española lleva años entonando es que el sistema tiene un déficit estructural de profesionales que no puede resolverse con contratos de tres meses. España cuenta con 6,3 enfermeras por cada 1.000 habitantes, frente a una media comunitaria de 8,5. Acercarnos a esa cifra (cuestión más que necesaria para atender a la demanda actual de cuidados y hacerlo con calidad) exigiría incorporar más de 100.000 nuevos profesionales. No es un cálculo alarmista, es la estimación que hacen tanto el Ministerio de Sanidad como el Consejo General de Colegios de Enfermería de España.

Los propios profesionales afirman en un 91,6% que sufren carencias en su entorno laboral y el 55,2% considera que esas carencias ya están influyendo en la calidad asistencial.

El sistema también lo detecta. Y todos los veranos, en vez de resolver la escasez, la gestiona. Se contrata en junio, se cesa en septiembre y se vuelve a contratar en junio. Y las enfermeras, mientras tanto, aguantan y escuchan.

Atadas al mástil o empujadas al mar

Odiseo resistió el canto de las sirenas atándose al mástil. Sus hombres remaban con los oídos tapados de cera. El barco continuó su camino.

Las enfermeras españolas no tienen ni mástil ni cera. Tienen dos opciones que el sistema les deja: aguantar o marcharse. Y cada vez más, eligen lo segundo.

Los datos del Consejo General de Enfermería son elocuentes: en 2025, 1.356 enfermeras solicitaron el certificado de buena conducta necesario para ejercer en el extranjero, casi un 20% más que el año anterior. Y el primer semestre de 2025 ya había superado el total anual de 2023, que en aquel momento era cifra récord. La tendencia no se estabiliza, sino que vemos que se acelera. Los destinos clásicos (Reino Unido, Alemania, Francia) se consolidan, y uno nuevo gana protagonismo con rapidez: Noruega. Su atractivo no es solo salarial. Son contratos estables desde fases tempranas, ratios de pacientes más bajas, desarrollo profesional real. Es decir, todo aquello que en España se promete y raramente se cumple.

El sistema en España forma a sus enfermeras, las necesita, las contrata tres meses o poco más, las cesa, y luego las ve marcharse a sistemas que sí saben retenerlas. Y se sorprende. Cada año, se sorprende.

Circe ya nos avisó

Quien advierte a Odiseo del peligro no es un dios ni un oráculo, es Circe. Le dice exactamente lo que va a ocurrir, qué riesgo corre y cómo puede atravesarlo sin destruirse.

La Enfermería española lleva años ejerciendo ese papel, advirtiendo, con datos y con claridad, de lo que ocurre cuando un sistema sanitario construye su funcionamiento sobre la precariedad estructural y la escasez de una de sus profesiones esenciales. El Consejo General de Enfermería lo ha dicho públicamente y con urgencia. Los Colegios profesionales lo repetimos en cada foro al que nos convocan. Los sindicatos lo denuncian en cada negociación colectiva. Los propios servicios de salud lo saben cuando diseñan sus planes de verano y calculan cuántos contratos temporales necesitan para no colapsar, y esperan que haya profesionales suficientes para cubrirlos, compitiendo entre ellos por esos mismos profesionales que en septiembre dejarán marchar.

El barco no cambia de rumbo. Escucha, asiente, y sigue remando en la misma dirección.

Lo que cuesta no escuchar

La Ley 20/2021 de medidas urgentes para la reducción de la temporalidad en el empleo público abrió una ventana. Las administraciones tenían que estabilizar las plazas estructurales que llevaban años ocupadas con contratos temporales encadenados. Para Enfermería, cuya temporalidad históricamente se ha acercado hasta el 80% del total de contratos, era una oportunidad real. El proceso de estabilización fue avanzando. En muchas autonomías, pasadas las convocatorias más visibles, el mecanismo volvió a la inercia anterior, con bolsas de trabajo, contratos cortos, ceses en septiembre. Porque una cosa es estabilizar, a lo que estaban obligadas por Ley, y otra aumentar plantilla, cuestión altamente deseable ante la creciente necesidad de cuidados profesionales. Esta última cuestión no se lleva a cabo en la medida que la profesión y los pacientes demandan.

El coste de este modelo no solo es humano, y eso ya sería suficiente motivo. También conlleva un coste económico y asistencial. Una enfermera que lleva varios meses en un mismo servicio y es cesada al poco tiempo se lleva el conocimiento del equipo, los protocolos interiorizados, la confianza de los pacientes que la conocen. La siguiente que llega, vuelve a empezar. Ese conocimiento que se pierde y que hay que volver a construir permanentemente tiene un coste que no aparece en ninguna línea presupuestaria, pero que el sistema paga en eficiencia, en seguridad clínica y en el agotamiento del profesional estable que absorbe cada relevo.

Y existe un otro coste, quizá el más silencioso de todos: el de las enfermeras que deciden que ya han escuchado suficiente, que recogen sus cosas y no vuelven, que tramitan el certificado para irse a cualquier sistema que las trate como profesionales permanentes y no como recurso estacional.

El mástil que hace falta

Odiseo logró sobrevivir porque tomó una decisión antes de llegar al lugar donde estaban las sirenas. Pidió que le ataran, no esperó a estar frente a ellas para improvisar.

El sistema sanitario español debe tomar ahora esas decisiones, antes de que se produzca un nuevo ciclo. Son decisiones conocidas y recogidas en las recomendaciones de los Colegios profesionales, en los informes del Consejo General de Enfermería, en los estudios del SESPAS, en la agenda pendiente de cualquier conversación seria sobre recursos humanos en salud.

La estabilización real y el incremento de las plantillas enfermeras, el desarrollo efectivo de la carrera profesional, con criterios que reconozcan la especialidad, la experiencia y la investigación; la mejora de las ratios hasta acercarnos a la media europea. La contratación temporal y a ciegas perpetúa la incertidumbre y expulsa a los profesionales menos pacientes para esperar llamadas que nunca llegan.

No son nuevas medidas, son medidas conocidas, postergadas, cada vez más urgentes.

Continuar remando

La Enfermería española sigue cantando. Lleva años cantando la misma verdad: el sistema no funciona bien si trata a sus profesionales esenciales como recurso fungible, la precariedad tiene un precio que tarde o temprano paga la asistencia, las enfermeras que se van no vuelven, las que se quedan lo hacen a pesar del sistema, no gracias a él.

En septiembre, cuando vuelvan a extinguirse miles de contratos de verano, volverá a sonar el canto. La cuestión es si alguien decidirá, por fin, esta vez, no taparse los oídos.

 

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