En 1854, en plena guerra de Crimea, un hospital militar en Scutari quedaba lejos de ser un lugar de recuperación. Más bien, se había convertido en un foco de enfermedad y muerte. Aquellos soldados heridos no morían debido al fuego enemigo, sino por enfermedades infecciosas como el tifus, el cólera o la disentería. Los médicos atendían a los heridos, pero nunca era suficiente, acababan pereciendo debido a algún motivo que ignoraban.

Para entonces, solo las balas y proyectiles enemigos parecían responsables de la ingente cantidad de fallecimientos. Sin embargo, algo más silencioso y letal estaba en marcha: las desastrosas condiciones del hospital de campaña. Suelos sucios, falta de ventilación, inexistencia de desagües, y las camas apiladas con cuerpos febriles y exhaustos componían la situación de aquel hospital británico.

Entre todo este caos, por las noches se distinguía una figura que se movía bajo la tenue luz de una lámpara. Era Florence Nightingale, una joven enfermera que, ante las alarmantes tasas de mortalidad, entendió que la solución no pasaba solo por tratar a los pacientes, sino por comprender qué estaba matando realmente a los soldados.

Con la determinación que la caracterizaba, en sus rondas nocturnas, con papel y lápiz en mano, comenzó a registrar datos. ¿La causa de muerte? ¿Las condiciones en que eran atendidos? ¿El tiempo que pasaban en el hospital? Trabajaba en silencio, recopilando con rigor metódico números que, para otros, eran irrelevantes.

‘Las muertes se reducían cuando se implementaban medidas simples como lavar las manos, ventilar los espacios y mejorar el saneamiento del lugar’

Pionera en el uso de los datos, tras estudiar y registrar meticulosamente las causas de muerte en el hospital, llegó a una clara conclusión: el verdadero problema residía en las infecciones derivadas de las insalubres condiciones hospitalarias.

Consciente de que su estudio pasaría inadvertido, para convencer al gobierno británico y a las autoridades de que la limpieza y la higiene podían salvar vidas, Florence diseñó un gráfico circular: el «diagrama de la rosa». Por primera vez, los datos y las estadísticas hablaban de manera clara y visual. Sus gráficos demostraban que las muertes se reducían drásticamente cuando se implementaban medidas simples como lavar las manos, ventilar los espacios y mejorar el saneamiento del lugar.

Tras implementar sus medidas, la tasa de mortalidad cayó de un alarmante 42% a un 2%. Los suelos y vertederos se limpiaron, las ventanas se abrieron, y las vidas comenzaron a salvarse. Lo que parecía una simple intervención de enfermería se convirtió en el primer gran hito de la epidemiología moderna y en un ejemplo temprano del poder de los datos en la toma de decisiones sanitarias.

El legado de Nightingale no solo revolucionó la enfermería, sino que también transformó la manera en la que entendemos la gestión de la salud pública. Su trabajo dejó una lección que sigue vigente: la medicina no es solo la aplicación de tratamientos, es la gestión eficiente de los recursos, el análisis de datos y la capacidad de prevención.

Gonzalo Martínez Guijarro, Site Contract Specialist en Syneos Health prestando servicios para Novartis. Profesor del Máster Universitario en Derecho Sanitario (Universidad Internacional de la Rioja).
gonzalomguij@gmail.com