De la capacidad instalada a la capacidad resiliente: una nueva mirada sobre la planificación sanitaria

Last Updated: 15/10/2026By Tags:

Durante mucho tiempo, la planificación sanitaria se ha apoyado, necesariamente, en una lógica de previsión. Saber cuántos profesionales serán necesarios, cuántas camas requerirá una población, qué equipamiento debe estar disponible o cómo evolucionarán las necesidades de determinadas especialidades permite organizar los recursos y anticipar buena parte de las demandas del sistema.

Es una planificación imprescindible. Pero las últimas crisis han puesto de manifiesto que existe otra dimensión de la capacidad sanitaria que no siempre queda reflejada en las cifras habituales.

Un sistema puede disponer de recursos y, sin embargo, no ser capaz de utilizarlos plenamente cuando las condiciones cambian. Una cama puede formar parte de la capacidad instalada y no poder abrirse por falta de profesionales. Un profesional puede figurar en una plantilla y no estar disponible para asumir una determinada función en un momento concreto. Un servicio puede contar con los recursos necesarios y verse limitado por una interrupción de suministros, de energía, de comunicaciones o de transporte. Y, al mismo tiempo, mientras se movilizan recursos para responder a una emergencia, el resto de las necesidades sanitarias continúa existiendo.

La diferencia entre disponer de recursos y poder convertirlos en capacidad efectiva de respuesta es, precisamente, una de las cuestiones que introduce la perspectiva de la resiliencia.

La resiliencia como una capacidad del sistema

El concepto de resiliencia ha adquirido una presencia creciente en el ámbito sanitario. Sin embargo, su utilidad no está tanto en añadir un nuevo término al lenguaje de la planificación como en ampliar la forma en que entendemos la capacidad de los sistemas de salud.

La Organización Mundial de la Salud plantea la resiliencia como la capacidad de los sistemas para anticiparse, prepararse, absorber y adaptarse ante diferentes perturbaciones, recuperarse de ellas y continuar prestando los servicios de salud necesarios. La propia OMS subraya que esta capacidad no aparece automáticamente como consecuencia de la inversión en el sistema, sino que requiere ser desarrollada de manera deliberada y adaptada al contexto.

Esta aproximación introduce además una idea importante: la resiliencia no se limita al momento de la emergencia.

Un sistema resiliente necesita capacidades antes de que se produzca la perturbación, debe ser capaz de utilizarlas mientras esta ocurre y necesita aprender de la experiencia para mejorar posteriormente. La recuperación puede convertirse así en una oportunidad para abordar debilidades que ya existían antes de la crisis y mejorar el funcionamiento del sistema.

La resiliencia deja de ser, por tanto, una propiedad estática y pasa a entenderse como una capacidad dinámica. No se trata simplemente de resistir una perturbación y recuperar la situación anterior, sino de disponer de las condiciones necesarias para adaptarse cuando el entorno deja de ser el habitual.

Cuando las condiciones cambian

Esta perspectiva resulta especialmente relevante en la planificación de la fuerza laboral.

En condiciones normales, conocer el número de profesionales disponibles y prever su evolución constituye una parte esencial de la planificación. La distribución territorial, las necesidades asistenciales, las jubilaciones, la formación de especialistas o la evolución demográfica permiten construir escenarios y orientar las decisiones de política sanitaria.

Pero una emergencia puede alterar simultáneamente la demanda y la capacidad de respuesta.

Los profesionales pueden verse afectados por la propia situación de emergencia, pueden aparecer nuevas necesidades competenciales o puede ser necesario desplazar efectivos hacia determinadas funciones. La capacidad de prestar servicios puede disminuir precisamente cuando la necesidad de determinados perfiles aumenta.

En ese contexto, el número deja de ser suficiente como única expresión de capacidad.

Importan también las competencias disponibles, su distribución, la posibilidad de movilización, los mecanismos de refuerzo y la capacidad de mantener ese esfuerzo durante el tiempo necesario. La OMS ha incorporado precisamente esta dimensión a su trabajo sobre la fuerza laboral de las funciones esenciales de salud pública, destacando la importancia de mapear y medir la capacidad de la fuerza laboral, incluida la vinculada a la preparación y respuesta ante emergencias.

El cambio no consiste en dejar de contar profesionales. Consiste en comprender mejor qué significa realmente esa cifra.

De la capacidad instalada a la capacidad resiliente

Esta reflexión permite distinguir diferentes niveles de capacidad que en la planificación convencional pueden aparecer agrupados.

La capacidad instalada representa los recursos de los que dispone formalmente el sistema. La capacidad disponible incorpora aquellos recursos que pueden utilizarse en las condiciones existentes. La capacidad movilizable añade la posibilidad de activar recursos adicionales cuando cambia la situación. La capacidad sostenible introduce una consideración esencial: cuánto tiempo puede mantenerse ese esfuerzo sin comprometer otras funciones.

Y sobre todas ellas aparece la capacidad resiliente.

Esta secuencia —capacidad instalada, disponible, movilizable, sostenible y resiliente— no pretende establecer una nueva taxonomía oficial. Es, más bien, una forma práctica de observar la distancia que puede existir entre lo que un sistema tiene y lo que realmente puede hacer cuando se enfrenta a una perturbación.

La diferencia es especialmente evidente cuando hablamos de capacidad asistencial.

Una cama no es únicamente un espacio físico. Para convertirse en capacidad efectiva necesita profesionales, medicamentos, equipamiento, energía, agua, información, comunicaciones y logística. Del mismo modo, disponer de profesionales no garantiza por sí solo una capacidad de respuesta si no existen las condiciones organizativas, competenciales y operativas para incorporarlos a esa respuesta.

La capacidad sanitaria es, en consecuencia, algo más que la suma de recursos. Es la posibilidad de hacer que esos recursos funcionen de manera coordinada cuando las condiciones dejan de ser las habituales.

La fuerza laboral como capacidad estratégica

Esta forma de entender la capacidad modifica también la manera de aproximarnos a la fuerza laboral sanitaria.

Una fuerza laboral preparada para situaciones complejas no se define únicamente por su dimensión. Importan igualmente las competencias, la organización, la distribución, la preparación, la posibilidad de movilización y la capacidad de adaptación.

La evolución reciente del trabajo de la OMS refleja esta preocupación. En 2025, el marco del Global Health Emergency Corps planteó el fortalecimiento de las estructuras nacionales de personal para emergencias y la conexión entre mecanismos regionales y globales de capacidad de refuerzo, facilitando el intercambio de información y el acceso a conocimientos especializados y capacidad humana de respuesta cuando sea necesario.

La cuestión resulta especialmente relevante porque la fuerza laboral forma parte del propio sistema que debe responder. No es un recurso externo que pueda incorporarse sin más cuando aparece una emergencia.  Su preparación, sus competencias, sus condiciones de trabajo y los mecanismos que permiten organizarla y movilizarla forman parte de la capacidad de resiliencia del sistema.

Por eso, hablar de workforce resilience implica ampliar la mirada desde la planificación de efectivos hacia la preparación de una capacidad humana que pueda sostener funciones esenciales en condiciones cambiantes.

Medir aquello que antes quedaba fuera de la planificación

Cuando se incorpora esta perspectiva, también cambia aquello que merece ser medido.

La planificación sanitaria dispone de numerosas métricas para conocer recursos, actividad y necesidades. La resiliencia introduce otras dimensiones relacionadas con la capacidad efectiva de respuesta: la posibilidad de movilizar recursos, la disponibilidad de determinadas competencias, las dependencias que pueden limitar una capacidad aparentemente existente, la continuidad de los servicios esenciales o la posibilidad de mantener una respuesta extraordinaria durante un periodo prolongado.

La OMS ha desarrollado en los últimos años diferentes herramientas para fortalecer la medición y el seguimiento de las capacidades de preparación y resiliencia. Entre ellas se encuentra el Dynamic Preparedness Metric, concebido para relacionar el riesgo con el estado de preparación y orientar la priorización de acciones.

No se trata de construir necesariamente más indicadores, sino de conseguir que la planificación sea capaz de ver dimensiones de la capacidad que anteriormente podían permanecer ocultas detrás de las cifras agregadas.

En este sentido, medir la resiliencia no significa intentar convertir una cualidad compleja en un único número. Significa hacer observable la capacidad del sistema para funcionar cuando las condiciones cambian.

Prepararse para lo que todavía no conocemos

Las emergencias sanitarias no siempre responden a los escenarios que habíamos previsto. Pueden afectar simultáneamente a diferentes sectores, alterar las cadenas de suministro, comprometer infraestructuras esenciales o modificar de forma rápida las necesidades de la población y las condiciones de trabajo de los propios servicios sanitarios. La preparación no puede consistir, por tanto, en intentar adivinar cuál será la próxima crisis.

Consiste en desarrollar capacidades suficientemente robustas y adaptables para responder a diferentes tipos de perturbaciones.

Esta es, probablemente, una de las aportaciones más útiles del concepto de resiliencia a la planificación sanitaria. Permite pasar de una lógica centrada exclusivamente en la previsión de necesidades a otra que incorpora también la capacidad de adaptación del sistema.

La planificación sigue necesitando escenarios, proyecciones y estimaciones. Pero necesita complementarlos con una comprensión más dinámica de los recursos: qué parte de la capacidad está realmente disponible, qué puede movilizarse, qué puede mantenerse y qué elementos pueden comprometer la continuidad de los servicios esenciales.

Una nueva mirada sobre la planificación sanitaria

La planificación sanitaria seguirá necesitando saber cuántos profesionales necesita un sistema, cuántas camas debe disponer, qué equipamiento requiere o cómo deben distribuirse sus recursos. Todo ello seguirá siendo imprescindible.

Pero las crisis nos han enseñado que esa fotografía no siempre refleja la capacidad real de respuesta. Entre los recursos que existen sobre el papel y los que pueden ponerse efectivamente en funcionamiento cuando las condiciones cambian existe un espacio que también debe ser conocido, medido y planificado.

Ahí adquiere sentido la resiliencia.

No se trata de sustituir la planificación tradicional, sino de ampliarla: incorporar a la capacidad instalada la disponibilidad real, la posibilidad de movilización, la sostenibilidad del esfuerzo y, finalmente, la capacidad del sistema para adaptarse sin dejar de prestar aquello que es esencial.

Porque la verdadera capacidad de un sistema sanitario no se define únicamente por los recursos que tiene, sino también por lo que es capaz de hacer con ellos cuando las condiciones dejan de ser las habituales.

Y quizá ahí esté el cambio de mirada que necesitamos: pasar de planificar únicamente los recursos que esperamos necesitar a preparar las capacidades que podremos movilizar cuando todavía no sabemos exactamente qué tendremos que afrontar.

La resiliencia empieza, en buena medida, antes de que llegue la crisis.

Bibliografía

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