La innovación se ha convertido en el motor de nuestra sociedad en cualquier sector de actividad. Y contribuye notablemente a la sostenibilidad de cualquier sistema sanitario realizándolo de forma medida. Ya hemos unido los tres conceptos. De esto trata este artículo de hoy.

Con la aparición de mecanismos de acción desconocidos hace unos pocos años, la innovación está dirigiendo la terapéutica de muchísimas enfermedades en los últimos años. Uno de los casos más relevantes es el de la Oncología, donde la aparición de terapias dirigidas, personalizadas y precisas y, muy especialmente, el desarrollo de medicamentos inmuno-oncológicos, están ofreciendo oportunidades a pacientes, medidas en resultados cercanos a ser reales, que hasta hace muy poco no existían, contribuyendo directamente a mejorar su calidad de vida y alargar su supervivencia.

Por situar un poco dónde nos encontramos, hay que decir que, a nivel de datos, esta revolución terapéutica está avanzando de forma importante, se va introduciendo en la asistencia sanitaria. Según datos de IQVIA está definida innovación ya alcanzaría más de un 30 por ciento del mercado oncológico total en valores (considerando las innovaciones aparecidas en este mercado durante los últimos cinco años).

Además, cabe destacar el impulso que está adquiriendo la hematología. Tanto, que ya un 10 por ciento del mercado de oncología se debe a las innovaciones hematológicas.

A nivel económico, el coste total del cáncer en el Sistema Nacional de Salud español asciende a más de 9 mil millones de euros; un coste subestimado, ya que habría que añadir al total los costes intangibles y los años de vida ajustados a la discapacidad. Aun así, sin considerar estos costes, la cifra representa un 1,5 por ciento del gasto sanitario y un 0,8 por ciento del PIB nacional.

De entre todos los tipos de medicamentos oncológicos lanzados al mercado, cabe destacar los focalizados en inmuno-oncología, que con solo tres años en el mercado suponen ya el 8 por ciento del mercado oncológico en valores.

Precisamente este tipo de medicamentos serán uno de los que tendrán mayor desarrollo en el futuro ya que el 30 por ciento de los productos que se lancen, durante el año en el que nos encontramos, serán de inmuno-oncología.

Por ese motivo, y dadas las cuotas de mercado que logran estos medicamentos, se considera muy necesario medir qué resultados ofrecen estos nuevos productos y la incidencia real que están ya produciendo en nuestra política sanitaria, tanto nacional como de las comunidades autónomas.

Los mayores objetivos para mejorar esos resultados pasan por mejorar la supervivencia global a un mínimo de cinco años, la calidad de los pacientes (cosa que no medimos), y su satisfacción, y recuperar la equidad en el acceso a la innovación como un derecho básico.

La salud de los españoles es una responsabilidad de todos; de quienes dirigen las agendas políticas y de quienes aportan soluciones innovadoras. Unos y otros, acompañados por los pacientes y por los profesionales sanitarios, deben asumir su importante papel.

Es curioso que el desarrollo de esta innovación dependa fundamentalmente de los datos. El primer paso es reconocer el valor de la innovación. Entender que la renovación de los tratamientos no significa necesariamente más gasto para el sistema si tenemos en cuenta costes directos e indirectos de la enfermedad. Después, de forma responsable y coordinada, debemos buscar la manera de poner a disposición de los pacientes los mejores tratamientos posibles, de manera equitativa y sin retrasos injustificados. Y esta disposición es innegociable, todos debemos tener acceso a ellos.

Bien por las medidas de recorte que se pusieron en marcha, o por el propio proceso de expiración de patentes, el mercado oncológico está generando ahorros que deberían posibilitar la incorporación de esa innovación, dado que el cáncer es un gran problema social.

Y recordar que, en la búsqueda de fórmulas innovadoras para alcanzar el objetivo de introducir la innovación, hay que tener en cuenta que los resultados no dependen solo de la innovación farmacológica, sino también de los retrasos en el diagnóstico y de la organización de los servicios.

Sin embargo, la realidad es que la llegada de los fármacos innovadores a nuestro país y el acceso real por parte de los pacientes a las nuevas terapias se está produciendo con bastante más retraso que en otros países, con mucha polémica demagógica, y de manera desigual, en algunos casos, en función de los criterios de las distintas comunidades autónomas.

Además, el nuevo mecanismo de acción que ofrecen las CAR T- cells está favoreciendo que se aborden nuevas esperanzas para estos pacientes que incrementan la idea de coste excesivo.

Es fundamental llegar a acuerdos para no retrasar estas incorporaciones, revisando por ejemplo el precio de los medicamentos con posterioridad a la introducción propia en el mercado, tal y como ya sucede en otros países europeos, y basándose en resultados en salud bien realizados. Hay que buscar entre todos soluciones que permitan la convivencia entre acceso a la innovación y sostenibilidad presupuestaria. Es una prioridad.

Ante el incremento de la incidencia de esta enfermedad, la necesidad de incorporar nuevos tratamientos, más personalizados, más específicos, más eficaces y seguros, es obvia. De ahí el compromiso de la industria farmacéutica con la investigación de nuevos fármacos.

Sin embargo, esta faceta investigadora no puede caminar sola; es fundamental perseguir una colaboración mantenida con quienes asumen la decisión de poner a disposición de los ciudadanos la innovación en oncología. Aquí es donde entran a jugar un papel importante las administraciones.

Los tratamientos innovadores son costosos, efectivamente, pero si se evalúan desde una perspectiva global en la que la asistencia a los pacientes no solo contemple el gasto farmacéutico, si se analiza la contribución real de las nuevas terapias, si se buscan soluciones compartidas en las que los sistemas de salud no sean los únicos que deban soportar el impacto económico (existen otros agentes laborales, sociales, etcétera a considerar), entonces seremos creadores conjuntos de una innovación sostenible.

“Hay que buscar soluciones que permitan la convivencia entre acceso a la innovación y sostenibilidad presupuestaria”

Como conclusión, y dado el coste asociado a estos tratamientos, es obligada la necesidad de apostar por la medición de resultados como principal estrategia (tratar los datos), que sirva para minimizar incertidumbres y transitar hacia un modelo de pago por valor y generar alianzas internas entre profesionales sanitarios y externas, contando aquí a la industria farmacéutica y a los propios pacientes.

Y, por supuesto, atender al valor que pueden aportar no solo los resultados clínicos sino también los referidos por pacientes. Para ello, no obstante, es preciso generar cultura y concienciar sobre el valor que estos datos aportan. Y a esto aún no hemos llegado.

Con datos sobre la mesa, se podrá transitar hacia nuevos modelos de financiación basados en el valor real que aportan los medicamentos. Y es que el modelo actual de fijación de precios no es racional, como hemos comentado antes y está basado en la capacidad que tiene el sistema de asumir costes. En definitiva, que para poder financiar la innovación que viene tenemos que ser capaces de obtener información y evaluar, lo cual no puede quedar en la parcela de competencia de un hospital, sino que esta filosofía debe ser impulsada a nivel de comunidades autónomas y del Sistema Nacional de Salud.

Nuestro sistema asistencial gestiona cada año varios miles de millones de datos integrados en las historias clínicas y órdenes de dispensación. Sin embargo, todavía se obvia esta información de forma agregada, que permitiría disponer de registros de pacientes por patologías y además medir los efectos y resultados de la farmacoterapia.

Si esa información bruta se transforma, con la metodología apropiada, en información inteligente, podrá validarse con datos reales de la práctica clínica la incorporación de nuevas terapias, disponer de más criterio para discriminar la innovación y aplicar los recursos allí donde existe un mayor beneficio para el paciente. Además, esto permitirá reducir los plazos de los ensayos clínicos y avanzar más en la medicina personalizada en función del perfil genético.

José María Martínez