La inteligencia artificial no va a sustituir a los médicos, pero sí a los que no la sepan usar
La inteligencia artificial (IA) ha irrumpido en el mundo de la medicina con una fuerza sin precedentes. Su capacidad para procesar datos a una velocidad inimaginable, analizar imágenes con precisión milimétrica y recomendar tratamientos basados en la última evidencia científica es asombrosa. Sin embargo, por más avanzada que sea, la IA carece de algo esencial: no tiene alma, no siente, no sufre, no se emociona. No puede mirar a los ojos de un paciente y comprender su miedo. No puede sostener la mano de una madre angustiada ni consolar a una familia en los momentos más difíciles. No puede traducir el lenguaje silencioso de la desesperanza ni interpretar los