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En busca de Hipócrates

En busca de HipócratesUna muerte evitable, una vida truncada, una familia destrozada y una sociedad convulsionada. Esas han sido las consecuencias de la muerte, en junio pasado, de un niño de seis años infectado de difteria en Olot. Sí, muerte por difteria, una enfermedad respiratoria para la que existe vacuna eficaz. Pero el niño en cuestión no había sido vacunado pese a encontrarse la vacuna dentro del calendario voluntario de vacunación infantil. Los padres entendían, alguien así se lo habría hecho saber –obviamente sin ningún dato ni prueba científica alguna porque no existen- que las vacunas son “veneno” y no iban a envenenar a su hijo.

El conseller de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz, confió en que esta muerte evitable sirviera para una “reflexión colectiva” sobre la necesidad de que la población se vacune. Se mostró partidario de un calendario de vacunación “responsable y obligatorio” porque protege a uno mismo y a terceros y porque además, más allá de las opciones personales, la vacunación es una cuestión de salud pública. Pues bien, este caso me lleva a pensar que dentro  del concepto de “población” hay individuos, titulados universitarios y para más inri, profesionales de la salud, que, como los padres del niño de Olot, también ponen en duda la evidencia científica de las vacunas. Para ellos, científicos que dudan de su propia ciencia más de lo razonable, algunos apuntes sociales inmediatos que me permito recordar tras conocerse el fatal desenlace:

 -         Hacía 28 años que no se detectaba un caso de difteria en España.  

 -         La semana en la que se conoció el caso, las vacunaciones contra la enfermedad aumentaron un 23 por ciento.

 -         El Colegio de Médicos de Barcelona planteó la posibilidad de abrir un expediente sancionador a los profesionales colegiados que no promoviesen la vacunación.

Ahora, en vísperas de las campañas de vacunación contra la gripe por toda España, son muchos los sanitarios que recomiendan a sus pacientes esta vacunación, aunque la gran mayoría de ellos no se vacunan. De hecho, los datos más favorables hablan de que sólo 3 de cada 10 médicos o enfermeras se vacunan contra la gripe.

¿Es ese el mejor ejemplo que pueden mostrar quienes en su juramento hipocrático, antes de ver a ningún enfermo, se comprometen a no causarles daño alguno? ¿No vacunarse contra una enfermedad transmisible a sabiendas, no es un riesgo potencial de causar daño? ¿Qué clase de ética o deontología profesional les guía? ¿Podrían ser denunciados por sus pacientes?

Entiendo que la respuesta respecto a la importancia de concienciarnos todos de las bondades de las vacunas en general da lugar a muchos matices. No obstante, después de lo visto y para ser prácticos, no se extrañe nadie si mañana, en las salas de espera de centros de salud y hospitales vemos a pacientes con mascarilla para protegerse de sus médicos y enfermeras ante la duda razonable de saber si hacen ellos lo que recomiendan en base a la ciencia de la medicina.

En EEUU, país que muchos toman como referencia en cuestión de avances científicos y médicos, cada vez más centros sanitarios exigen de una forma u otra la vacunación antigripal a todos sus trabajadores.

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